Bien se podría decir que bastan ciertas notas para enamorarse de cualquier sátira que levante los pies, cante de forma aguerrida y luzca traje a la “old school”. De otra forma, no se puede entender que Hugh Laurie, actor, escritor, director, tres cuartas partes de guionista, fan de The Who e inglés, porque si no rompería el esquema de toda obra improvisada, deje casi todo por lo que es conocido y se haya aventurado a cantar blues de buenas maderas.

Laurie, me recuerda a Otis Redding, no por los estilos, sino porque basta escucharlos para que cualquier humor cambie; de inmediato algo en ellos se consuma en el ambiente y dejan un sabor de boca, así, rápido y al grano. Es un sabor íntegro que exige un “shot”, un “Hidalgo” a la buena del Santo Batallón de San Patricio con las manos hastiadas de ron. No es para menos, el blues sureño y el soul tienen mucho de “cachondeo”, por tradición.

Sin embargo, Hugh Laurie, ha entendido lo que es convertirse en personaje de su propia banda sonora y explotó el epílogo de ciertos finales en gran parte de los capítulos de “House MD”, ya fuera con algún piano, guitarra o a dueto, pues siempre mantuvo el porte con el que ahora se presenta en público. Ahí está su rostro, la espalda arqueada y los dedos firmes.

Por eso, “Let them talk” fue un álbum casi de morbo, porque a punto de terminar “House MD”, no se esperaba que Hugh Laurie Blues ofreciera algo fuera de lo ordinario y menos una sorpresa en todo lo que involucra a este primer disco; sobre todo, algo que de por sí es extraño ver en una banda como ésta: Cierto dote de originalidad.

Un material así es fresco, incluso, a más de un año de haberse lanzado a la venta no deja de asombrar la estructura con la cual se organizan los “tracks”, pues no se encuentra en todo el disco algún lapso de protagonismo que no se justifique, ya que los arreglos se hicieron pensando en que la voz agrupa a todo el conjunto y, éste, a su vez, funciona aparte.

Gracias a ello es que puede entenderse que “Let them talk” sea un homenaje a New Orleans y a James Booker –“piano man”, de quien toma el nombre dicho álbum y la homónima que se incluye en éste-, porque es ahí donde el blues se convierte en fe, sin que ello signifique hacer a un lado la virtud más ajena.

Ahora bien, una de las cosas que es visible en este disco debut es la apuesta de Laurie por un proyecto que enfrentó, en primera instancia, hacer a un lado la figura del actor para darle importancia al material que presenta, es decir, cómo él propio lo mencionó durante la promoción, fue necesario desde el primer “track”, “St. James Infirmary”, dejar en claro de una vez por todas que se acostumbrara el público a verlo tocar el piano, porque desde ese momento no habría de otra.

Por supuesto que es imposible no tomar como referencia su trabajo como actor, pero, inmediatamente, esa imagen se hace a un lado gracias a la producción de “Let them talk”, por eso ya no sorprende que en Argentina y Chile haya tenido un éxito comparado con la gira por Estados Unidos, especialmente, si hablamos de públicos que no se tragan a la primera cualquier nota que se le ponga en frente y más si de este género se trata.

Ahora bien, si hay una canción que muestra la calidad de músico sobre la cual hablamos, es “Tipitina”, misma que el propio Laurie cataloga como su favorita, en especial, porque lo detona a la mitad del álbum como un pianista consumado con los cambios en el ritmo. Pegando la oreja, se avecina una balada, un jazz a medio estrujar, un blues manoseado, algo de rhythm and blues, todo mezclado en poco más de cinco minutos.

Es necesario decir que gran parte del éxito de “Let them talk” radica en la mano de Joe Henry, productor, quien figura en la narración de este disco. Henry, ha sido letrista, especialmente, productor de Elvis Costello, Allen Toussaint y Jakob Dylan, sólo para que conste que esta joyita puede darle batalla a quien usted guste. ¿Ejemplo? Claro. Un dueto con Tom Jones e Irma Thomas, en “Baby, please make a change”.

Sobre el estilo de Laurie, Jones lo dice con asombro: “Pensé que era Jerry Lee Lewis; me encanta Jerry Lee Lewis. No sabía que Hugh pudiera tocar de esta forma”. Así es que el estilo de “Let them talk” es fresco y bastante cercano a embriagante cuando, en tercer plano, hasta un violín hace recordar que la música sureña, esta música sureña, le pertenece a quien tenga un poco de sangre liviana.

Después de un año de haber sido publicado, “Let them talk”, tiene una esencia propia y, quizá, dos son los aspectos que fuera de toda este mito pueden sobresalir: El enorme respeto por la música que incluye y el sentimiento. Si un inglés puede lograrlo al primer intento, lo menos que se puede exigir a Hugh Laurie Blues es que se consolide como una verdadera “old big band” y, eso, creo, no tardará en pasar.

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She’s got loving like quicksand

Publicado: agosto 4, 2012 en Cine y música

No los escuché con gritos ni jadeando el nombre de Frank Zappa en alguna de sus letras, ni mucho menos con ciertas notas que podrían ser un “jingle” para quien se lo propusiera. No, definitivamente, lo primero que escuché de Deep Purple fue algo que despertaba esa virtud de Jon Lord cuando se montaba al teclado: “Hush”.

Deep Purple, entonces, no representó más interés que esa canción, aunque el coro no se atrevió a dejar dudas sobre lo pegajoso que un “na, na, na, na” puede ser mientras se repita cualquier cantidad de veces. Por supuesto, aún lo es y, probablemente, “Hush” sea uno de esos mantras al estilo de la propia “Hey Jude” que levanta el ánimo no a cualquier hijo de vecina.

A finales de los sesenta, antes de que el grupo adoptara la moda de la siguiente década, se podía ver a Lord usando mostacho, el cabello esponjado y las gafas oscuras que contrastaban con los colores –un tanto eléctricos- de los trajes “discretos” que habrían de convertirse en canon, justo unos meses después del “verano del amor” americano.

“Hush”, era una de las canciones que a menudo se dejaban programar en “Oro Sólido”, cuando Radio Oro –antes de cambiar hasta la imagen institucional- era la estación de rock clásico que impactaba, porque lo mismo proyectaban ABBA que los ZZ Top o versiones italianas de pop que amarraban a cualquier hora del día. Sin embargo, en los noventa, así fue como se me dio descubrir a Deep Purple.

Insisto, no era que me apasionara pero, siempre, la primera canción tiene un detalle especial que se amalgama con otro y tal fue el caso de “A whiter shade of pale”, de Procol Harum. Ambos grupos, siendo ingleses, habían absorbido las influencias psicodélicas británicas de lo que bien pudiéramos conocer como “la tercera ola inglesa”.

Las dos primeras habían llegado justo a tiempo para hacer la competencia directa a los grupos estadounidenses que se apropiaban del público juvenil de todo Occidente. En la primera ola inglesa, figuraban The Beatles, The Rolling Stones, Herman’s Hermits, Peter & Gordon, The Hollies, The Kinks, entre otros, ya iniciada la década de los sesenta.

A la postre, hacia 1966, con más que el camino abierto, Cream y Eric Burdon & The Animals dejaron la marcha para que Procol Harum, Deep Purple, Led Zeppelin, Yes, Black Sabbath –más los que se acumularon- continuaran a la “easy rider” para terminar la década.

En el caso de Deep Purple –con Jon Lord- y Procol Harum –con Matthew Fisher- el uso de los teclados no era un artificio, sino que se convirtieron en el soporte que mantenía la estructura de toda la instrumentación y, mejor aún, desde sus primeros álbumes respectivos, ya dejaban ver sus rúbricas personales: “Shades of Deep Purple” y “Procol Harum”.

Ambas grabaciones son un gran ejemplo del trabajo experimental que a finales de los sesenta comenzaron a afianzarse gracias a la psicodelia británica, sin embargo, haciendo a un lado la mezcla de sonidos, dejaban ver ciertas influencias. Por ejemplo, en “Shades of Deep Purple”, The Beatles, figuran con un cóver de “Help!”, esa misma canción que fue título de película, disco y hasta la semibiografía de Lennon cuando se dio cuenta que la panza le crecía y sus depresiones eran más comunes.

Luego, “Procol Harum”, de Procol Harum, tristemente recordado porque en la versión original del acetato no se incluía “A whiter shade of pale”, misma que sólo fue sencillo del álbum y que se hizo famosa en Gran Bretaña porque en “Top of the pops” –su equivalente a “Siempre en domingo”- el grupo la tocaba mientras las parejitas intentaban bailarla como un vals de despedida, en cierto modo, al estilo de The Moody Blues y su “Nights in white satin”.

Lo cierto es que las influencias que ambos grupos recibieron fueron determinantes para irles dando el toque definitivo para el concepto musical por el que son recordados. Procol Harum, se afianzó como una banda de rock progresivo, con letras profundas e instrumentaciones bastante cuidadas, que lo mismo ofrecían sonidos de marimba y flautas, que otras fuertes y secas sin llegar plenamente a lo estridente.

Deep Purple, sin embargo, se aseguró un lugar como una verdadera “hard rock band” con distorsiones saturadas e historias que en nada envidian a las de Keith Moon, baterista de los eternos The Who, y quien lo mismo atropellaba que metía su auto en piscinas de hoteles, claro que preferían las anécdotas menos sencillas, como el incendio del Casino Montreux durante uno de los conciertos de Frank Zappa (“Smoke on the water”).

En cualquier caso, “Shades of Deep Purple”, es un álbum de culto que nada le pide a cualquier “opera prima” de alguna banda estadounidense, pues el sonido “strong” bien le da batalla al que se le ponga en frente.

Aunque nada cercano a una semblanza serviría si no vale la pena recordar a Jon Lord, quien el pasado 16 de julio de este año murió, cerrando una parte necesaria de esta cronología musical y de la contracultura durante más de cuarenta años.

Jon Lord, perteneció a una generación que basó toda su ideología en dos formas de vida: No confíes en nadie mayor de treinta años y vive lo suficiente como para arrepentirte… sino, jamás habría valido la pena.

Narrow streets of cobblestone

Publicado: diciembre 10, 2011 en Even now

Hace tiempo imaginaba que la excusa ideal para iniciar una conversación era el simple deseo de hacerlo o, por así llamarlo, encontrar el momento justo para su inicio; es decir, sumido en el asiento del autobús, las miradas que se incluyen en la “hora feliz” o cualquier cosa que se le pareciera. Eso lo tengo claro: Cuando el deseo de platicar es imperativo, nada lo detiene. Sin embargo, el hecho mismo, sin detalles que lo adornen, se convierte en fastidio, hartazgo; verdadero “odio jarocho”.

Recuerdo que siempre me ha gustado hablar como si en eso se me fuera la paga del día, claro, si tuviera paga recurrente; pero estos días me atreví a ver una “película” que, años atrás, me estimado Rey sonaba a diario durante largas semanas: Coffee and cigarettes. A pesar que oí tantas veces las historias que se plantean en ella, quedé fascinado por todo lo que en ésta se nota, al punto que me queda claro que no hay nada más extravagante que una plática improvisada, pues su delicia es absoluta, siempre y cuando, el café y el humo la rodeen.

Me explico: El ambiente del “café” tiene matices afinados que dependen de la conversación, la mesa que se acomode en el lugar adecuado y, en primer lugar, el sabor del líquido; aunque, el ritual de los comensales tiene un toque espléndido. Por ejemplo, Parra, mi carnal, maneja un sentido del gusto que en absoluto le permite beber más de lo que es capaz de soportar.

Las primeras veces que nos reuníamos en el “Aguirre”, llegaba con pasos livianos que contrastaban con su lugar en la mesa. Sabíamos que la mejor hora de llegar al “café” era después de las dos de la tarde, justo cuando el cambio de cargas lo hacían fuerte, duro, con un sabor amargo, pero exacto en la boca: Cruzaba la pierna izquierda, acercando el cenicero y comenzaba el ritmo de nicotina que, afortunadamente, mantenemos hasta los días que platicamos.

Más clásico, era Rey; siempre llegaba tarde y era el único que pedía “limonadas de naranja” para no perder el estilo de su naciente adicción por las historias de amor frustradas: Tomaba una servilleta, la acomodaba junto a la taza y encendía un cigarro, mismo que, rara vez terminaba, pero lo necesario era hacerse notar en frente de quien fuera.

Por otro lado, David se unía meses después con el mismo gusto que, ahora, me da verlo, al igual que las ocasiones que hemos compartido lecturas de lo que llamamos “nuestra poesía”: Después del saludo, se quitaba su chamarra verde olivo, la ponía en el respaldo, acomoda sus lentes circulados y, como todos, mandaba a traer un “americano”.

A decir verdad, siempre era el “americano” lo que tomamos, aunque sus variantes se daban con mínimos frutos –crema, té–, nunca nos faltó terminarlos con tres cajetillas de cigarros en la mesa. Recuerdo que por esos días, recordábamos una frase de Octavio Paz que era justa para lo que hacíamos: “Salíamos [Paz y la nómina casi entera de los Contemporáneos] del ‘Café París’ con las piernas y brazos temblando por todo el café que tomamos o por el cigarro que fumamos”. Prácticamente era lo mismo, cada quien tomaba su rumbo y al día siguiente se convertía en el ritual que más extraño. Sí, lo extraño, pues en esas charlas fue que planeamos conferencias, lecturas, presentaciones de libros y números de revistas que ahora son anécdotas.

Asimismo, con café y cigarros fue que conocí a Abbie Simmons (Hoover), querida amiga que, de no ser por su hermana, jamás hubiera aparecido en el mapa. Con ella han sido “cafés  banqueteros” y en todas sus vertientes, los que hemos compartido cada vez que el tiempo lo permitió. Incluso, mi querido Máster, Jean Gerard, nacido en Oviedo, avecindado en Zacatecas y poblano porque era su destino, el lugar de siempre fue el “Wimpy’s” con un “americano con crema” al cual la estima sobrepasa. Hace poco, relativamente poco, encontré el café que deseaba hallar. Fuera de los argumentos que justifiquen mis ganas de sentarme en él, basta con decir que lo único que resta del “Café París” de la ciudad de México, es el nombre. Nada queda de su espacio céntrico, ni los muebles. En ese lugar fue donde por más de treinta años la literatura mexicana se planeó; desde los encuentros de Enrique González Martínez con su séquito, hasta cada miembro que fue considerado como “contemporáneo”.

En efecto, no hubo pláticas, ni café, sólo el ambiente de “Vip’s”, a las afueras del metro “Hidalgo”, sin poder fumar en él y con ansias de ver en sus cristales uno que otro sombrero y caminar por las calles de Gante.

 

We end up in Mexico city

Publicado: agosto 28, 2011 en Even now

Su nombre es Astrid; así la conocí, evitando más ideas o comentarios que terminaran con el encanto de verla en otras tierras que no fueran las que pisaba a diario por el camino que me llevaba por ida y regreso a la tierna escuela donde tomaba clases de ocho a siete.

“Astrid” era más interesante que “Graciela” o “Verónica”, y con eso bastaba para que su manera de hablar rompiera esquemas y me dejara callado: tenía un acento delicado y perspicaz, con ligeros incrementos en la voz al hacer notar sus ideas, pero siempre con tonos amables y rápidos que no evitaron que la viera sin gesticular nada.

Pero su nombre también es Abigail y, al saberlo, nada cambió, pues ahora me seguía pareciendo tan interesante como al principio, tanto que no importaba que ella estudiara Sociología. Sí, el punto exacto fue ella. No era relevante estar solo un día en la ciudad de México o que tomara más café que yo, mucho menos que fumara tanto que le siguiera el paso únicamente para no perder detalles caminando con ella. Sin embargo, “Astrid” tenía un significado extra.

Sólo un “obsesivo” imaginaría que ese nombre se vinculara con Astrid Kirchherr, y sólo un “ingenuo” lo podría atinar. En efecto, de ella misma procedía, así que ahora las charlas eran más cercanas y el gusto al fin un referente común. Hace tiempo, un gran amigo daba por hecho que “meter” a The Beatles en toda conversación era un lujo, más que deseo y, viendo las cosas, terminó equivocado, pues difícilmente podría dejarlos de lado, por obvias razones.

Ese día terminó después de comer las mejores “quesadillas” digeridas por estos intestinos que aún muerden justo al terminar la medianoche. Pero eso sí, no me despegaba de “ella” ni aunque el trolebús sólo guardara un asiento vacío y me quedara sin “cambio” para el taxi de regreso. Fuera de los intercambios de correos electrónicos de la “comitiva” que nos llevaba a la “TAPO” y los datos que son obligatorios para futuras visitas, me importaba el de ella, escrito en a la mitad de la lista con tinta verde y delineando el nombre completo y a dónde escribirle.

El viaje entero lo valía para encontrar en los mínimos detalles cualquier convergencia de ideas o cosas tan absurdas como el autor favorito. Ésta, no sería la primera vez que regresara a la ciudad de México sólo por verla, pero sí la única por la que el motivo era sentarme más de tres horas en el “Sanbor’s café”, justo en frente del Palacio de Bellas Artes y con el pretexto de comprar las Obras completas de Jorge Cuesta, compartir recetas, hablar de cocina y saber que nunca la volvería a encontrar en otra circunstancia que no fuera un saludo escueto y sin importancia. Esa última vez llevaba un vestido de lana con encajes bordados, y un rebozo que contrastó con el pants rosa de tonos blancos de ese primer encuentro.

El regreso amenazaba caótico y mal intencionado: David se casaba gracias al festejo prematuro que significaba no ser padre, por el momento. Comprobaciones fiscales, mismas que ameritaban subsidios universitarios para viajes en nombre de esa facultad que aún llevo metida en las ingles y el saber que nada cambiaba en lo absoluto, pero eso lo averiguaríamos mucho después.

Sin embargo, ya sentado, con el motor puesto y sin cabida a errores, una canción tuvo el gran detalle de sonar intacta: Back seat of my car, de Paul McCartney. No hace mucho, alguien me preguntó si creía en la posibilidad de que hubiera un the one reservada para cada quien. No lo sé, pero de haberlo, “ella” lo sería sin dudas.Las razones, no las tengo claras ni quiero averiguarlo, pues hay personas de las cuales nunca sabremos el motivo por el cual aparecen y se van. Por todo ello me inclino a pensar, cada vez más reservado, que al final “ella” no era Astrid Kirchherr y, mucho menos yo, Stewart Sutcliffe porque esa historia sólo aparece “un día en la vida”.

The times they are a-changin

Publicado: mayo 26, 2011 en Cine y música

Conocí bastante tarde la música de Bob Dylan. Al principio no era tanto de mi agrado como otros, de los cuales, pasaba sesiones enteras pegado a la radio repasando sus discografías. A decir verdad, lo único que escuchaba eran algunos hits que se agrupaban en selecciones mal habidas y que, a la postre, las dejé botadas en el más oscuro cajón de la memoria. No era para menos, el folk me daba pereza. Sin embargo, no tardé mucho en cambiar de ideas.

Prácticamente, me tocó de la nada, un sábado cualquiera, toparme con una letra que, al final de cada estrofa decía: Don’t think twice, it’s alright. Esa frase bastó para interesarme en la voz, un tanto áspera y con un acento que no distinguía lo suficiente para el inglés nefasto que, afortunadamente, saturado de Jack Daniel’s he lidiado con mucha más calma.

Así fue que Dylan se volvió indispensable en todo lo que habría de meterme por orejas. Creo que lo mejor de este tipo se encuentra antes enchufar sus guitarras y cambiar el sonido que tanta credibilidad le dio en sus inicios, ese toque folk que lo hizo identificarse con las zonas pobres de Estados Unidos y los propios ghettos sureños que buscarían el reconocimiento de sus derechos civiles.

Varios, pero varios meses después, solíamos acompañar a Jean Gerard –nacido en Oviedo, zacatecano de estirpe dorada y poblano de abrazos fraternales– a su casa a recoger Corre conejo –maravillosa revista que gracias a él colecciono–, y entre esas ocasiones fue que, guardado con sumo cuidado; lo vi, tomé a The freewheelin’. Era el disco que siempre quise escuchar y del que sólo conocía la portada: Dylan caminando con las manos en las bolsas de unos jeans azul, zapatos bajos y una fulana sujetándolo del brazo izquierdo. Ahí estaba. Jean lo sacó de su mueble y me mostró la portada. No recuerdo si hablamos del disco o si apenas fueros segundos que lo tuve en las manos, pero después, sí, después, nada volvió a ser lo mismo. The freewheelin’ es, sin más, mi disco favorito.

Poca gente he conocido que en verdad sea fan de Dylan. Los hay quienes imitan las gafas, el porte, el uso del cabello ondulado; pero, siendo honestos, fans, hay pocos. La única excepción que recuerdo, es Tayde. Ahora, toda una antropóloga, compartíamos charlas sobre Zimmerman: a veces, íbamos al “San Remo” –antes que remodelaran “Vip’s”–, otras más al “Aguirre” o al Wimpy’s, pero siempre el tema obligado era él… Dylan. De hecho, Tayde me regaló un LP: Highway 61 revisited, mismo que abría la cara “A” con Like a rolling stone, siendo el disco que marcaba la “ruptura” en el uso de guitarras acústicas y el implemento de metales en el acompañamiento.

Aunque el Dylan que más me gustó es el de Traveling Wilburys: un puñado de fulanos no hacían otra cosa que tocar en la mesa de una cocina y grabando con las piernas al aire. En sí, ello era lo que disfrutaban y nunca se dio el caso que uno resaltara sobre otro. Incluso, la muerte de Roy Orbison fue tomada como el motivo para seguir cantando y haciendo lo suyo. Si bien,Lucky ‘Boo’ Wilbury” no era mi favorito, sobre él estaba el peso de las armonías, el acompañamiento y, en varias ocasiones, daba soporte cuando lo requería.

De las versiones que se han grabado sobre el material de Dylan, hay una que es de lo mejor, tanto por el lugar donde se dio a conocer, la atmósfera y el arreglo: Like a rolling stone, con Jimi Hendrix en Monterey, 1967; misma que sirve para festejar más que una carrera, la actitud y carisma que durante casi cincuenta años a Dylan lo hace figurar como el ícono de la contracultura de todo este tiempo, y al final de cuentas, eso ya es mucho que decir.

In the sunshine of your love

Publicado: mayo 11, 2011 en Cine y música

Me gustan los covers, tanto, que bien se puede decir que los colecciono por interés más que gusto. Hay algo en ellos que encuentro apasionante, y es la posibilidad de ajustarlo al toque personal sin que se altere la esencia del track como se conoce hasta el momento. Si bien se puede enumerar cualquier cantidad de versiones sobre una canción, quizá son dos covers los más famosos desde finales de los sesenta a la fecha: With a little help from my friends, de Joe Cocker y Stand by me, de Cassius Clay.

Ambos tienen la peculiaridad de haberse convertido en íconos por la simple circunstancia del momento social que se vivía en Estados Unidos, es decir, la lucha por el reconocimiento de los derechos civiles de la población afro, y los últimos resquicios del peace & love, en Woodstock.

Siguiendo esta lógica, y fiel a su estilo, a finales de 2010 Santana  publicó lo más cercano a un “disco homenaje” a las canciones que son hitos para la cultura de su tiempo, vaya, de las canciones, pues no necesariamente corresponden al mexicano.

No es raro entender que desde Santana y Abraxas, sus primeras grabaciones de estudio, el ritmo latino sea su condicionante ya que, como es de esperarse, la lead guitar siempre es la que manda y el jalisciense para eso nadie le gana.

En fin, Guitar heaven tiene al menos tres características que lo hacen no tan difícil de escuchar: la selección de temas, los vocalistas y, por supuesto, los arreglos a los originales. Así, el repaso es obligado por Creedence clearwater revivial, con Fortunate son, misma que a partir de la guerra de Vietnam se convirtió en una suerte de “himno” durante las campañas de reconocimiento que podrían durar semanas enteras. A ello se une el tono de voz, estridente y elevado, de Scott Stapp que soporta el ritmo adapatado de Santana.

De Cream incluye Sunshine of your love, que apareció en el segundo álbum de estudio del trío inglés, Disraeli gears. Sobre ésta, las vocales, a cargo de Rob Thomas, con quien trabajó en el primer single de Supernatural, en 1999; logran apuntalar de manera discreta los riffs principales con las guitarras secundarias y los coros, logrando que ningún elemento esté por encima de los otros. Aún sin ser la única del género, hay que destacar que esta versión puede estar a la altura de la de Hendrix, realizada en 1968, al igual que la de 2005, editada para el álbum Under cover de Ozzy Osbourne.

Smoke on the water se convierte en un buen pretexto para que se aprovechen los “tiempos muertos” entre la voz de Jacoby Shaddix y las percusiones que, tal pareciera, se dedicaran a perseguir los acordes del mismo Santana. Por otro lado, durante el solo no se ofrece mayor sorpresa que las cuerdas aprovechando la renta del estudio, pero con todo ello vale siempre y cuando se tome en cuenta el referente que dio origen a la letra de Deep purple, una vez que superaron el gusto por The beatles, mismo que los llevó a grabar Help! En su disco debut, Shades of deep purple, en 1968.

While my guitar gently weeps logra una curva debido a la transición de la guitarra acústica a la eléctrica, así como la voz de Chris Cornell. Sin embargo, ésta recuerda un poco a la homónima que se incluyó en la banda sonora de Across the universo, en 2007, y que Martin Luther McCoy alcanzara, sin ser cantante profesional, darle gran énfasis a la letra incluso, superior por momentos, a la lista que ofrecía I’m Sam, en 2001.

Abriendo la secuencia, Chris Cornell saca las tripas por la boca haciendo casi lo necesario para llegar a los tonos bajos que solía tener Robert Plant, y demuestra que, sin malear su voz, como el inglés, puede ofrecer una versión más que aceptable de Whole lotta love. Por desgracia, lo opaca la inclusión de varios solos alternos que anexa Sanatana durante varias partes de la canción aunque, no por ello, deja de ser el mejor track de todo el disco.

Creo que, después de todo, mi percepción sobre Santana no cambia mucho después de “soplarme” su Guitar heaven; vamos, no se trata de lo mejor que haya publicado, ni mucho menos se acerca al ataque de caderas que solía provocar a las “gringas” urgidas del latin power cuando iniciaba con esa melenota y los trajes con su pecho encuerado.

Aunque si lo vemos con calma, la ausencia de material de estudio se acrecentaba desde 1999, y a estas alturas era necesario un buen pretexto para mantenerlo vigente, pues una vez más se demuestra que el egoísmo de una guitarra líder no basta para ser esa leyenda que tanto ha buscado.

Hound dog

Publicado: noviembre 17, 2010 en Even now

Dice el dicho que “conocimiento es poder”; si no, de qué otra forma se puede explicar que “más sepa el diablo aunque sea viejo”, que “la gallina del cuento busque cruzar la calle” o que “sea Guadalajara la tierra donde se dan los hombres”. Todo se descubre con las preguntas correctas en el tiempo adecuado y en circunstancias propicias.

Aunque, con más interés en la cuestión, ¿de qué sirve el conocimiento? Esta pregunta lleva nada importante así, sola; aunque, ¿de qué sirve el conocimiento cuando se aglutina en personas que lo ven como la excusa idónea para ser foco de atención? Claro, de nada. Es lo mismo si éste se transmite o no, al final importa en sí –el conocimiento- haciendo a un lado su alrededor.

En fin, como sea, siempre hay quienes lo desean o se perturban de no tenerlo. Ahora bien, detengámonos en éstos, en los que por más que lo buscan, “nelson”, no se les da y pretenden contar con él. A ellos los nombramos “faroles”.

Deténgase un momento, tome un respiro y haga memoria… ¿listos… a cuántos de esta progenie “conoce”? Imagino que a varios o, en su defecto, si cree que el mundo es perfecto y regido por la dulce fragancia del amor, lamento decirle que… “nelson”. Las cosas no siempre son adorables. Pero como en este punto ya se encontrará “picado”, ¿cómo identificamos a un “farol”? Fácil, depende de un segundo de observación y una –más- habilidad nada complicada.

En primer lugar, los “faroles” siempre buscarán el instante justo en que, si una reunión no los convoca, interrumpir la charla y hablar hasta que el gañote les seque las pocas ideas que sobre el tema se trate. La mayor parte de las ocasiones es recomendable dejarlos que se inspiren, pues de lo contrario seguir al punto de orillarlo a usted a fumar o escurrir la bilis en el baño más cercano. Lo sentimos, no hay de otra.

Al cumplirse el punto, el “farol” impondrá su punto de vista con un súbito y vano “estarás de acuerdo”, y no porque maneje los tiempos de la conversación, sino para que el resto de los escuchas den por sentado sus comentarios. ¡Cuidado! No lo contradiga: corre el peligro de que se sienta en confianza para, sí… seguir hablando. Lo sentimos. No hay de otra.

Si el tema le es familiar, el “farol” recordará de inmediato alguna referencia descrita en el último número de Muy interesante consultado en su página web, ya que su limitada inferencia no le da para más al desconocer la clasificación bibliográfica de su librería de cabecera, que no es otra cosa que el puesto de revistas de “doña Mago”. ¡Cuidado! Está en peligro. Si de casualidad ignora los puntos anteriores, le recomendamos pensar de inmediato en su actriz porno favorita o el momento en que supo que la selección natural tiene, como todo, un paso previo.

Ahora bien, el “farol” tiene una gran habilidad para cambiar de personalidad: puede cambiar de profesión en cuestión de segundos; ser abogado, corredor de bolsa, empresario o cualquier apodo que hará que unos más lo conozcan como “licenciado”. No interfiera en esto. Es peligroso. Estudios recientes demuestran que si es descubierto en su farsa, pretenderá burlarse del hecho descrito, sin importar nada.

Una cosa más: el “farol” tiene pésimos gustos para combinar su ropa, hará amistades con “gente” importante e interpretará una buena comedia al fingir conversaciones por teléfono en dos vertientes: una pelea de pareja para llamar la atención de quien se le atraviese o, en su defecto, integrándose en círculos selectos de “amigos” con quienes aparece en fotografías y comparte unas “chelas”, no así una plática que no involucre teorías culturales.

Una cosa más, el “farol” es bueno par dirigirse en público, modula bien la voz y siempre ve a los ojos en señal de un “excelente” manejo de la situación; su trabajo le ha costado ser quien es. No lo critique, puede ser una gran persona, especialmente cuando se nota su ausencia en lugares de trabajo, escuelas y actividades diarias, aunque no lo disfrute mucho, el “farol” siempre tiene orejas en todos lados y sabe bien cuando las situaciones no le benefician.

Finalmente, y como debe ser su hartazgo como el mío, el “farol” es traicionero, aberrante y saca ventaja hasta de la posición del excusado. El “farol” sufre de un terrible mal conocido como lamebolus escotus. No lo confronte, déle su lugar en la cadena alimenticia y sea feliz.

Si reconoce personas con estas características, aléjese rápido y vacúnese lo antes posible. El mal puede ser contagioso, en especial de nueve a seis de la tarde…

For you blue

Publicado: septiembre 7, 2010 en Even now, Uncategorized

Disfruto escribir tanto como ver películas bélicas, o dormir sin que me despierte un “gallo” atorado en las amígdalas justo a las siete de la mañana; incluso, igual que un Jack Daniel’s “derecho” después de una buena dosis de gastritis diurna. Aunque todo ello es capaz de quitarme el sueño, la música tiene el efecto —contagioso diría— de incluirse en cada una de mis pláticas de la misma forma que es imposible no entrar al metro “Buena vista” sin que alguien deje el rastro en las “pompas” de otro más, indicando que su amor pasó por ahí.

Si la música —en especial la penosamente llamada oldie— me provoca dejar todo lo que hago para seguirla en pasos dobles y a oscuras, a veces se descubre de maneras lamentables que uno —bueno, yo— no nace con el don de hilar dos acordes seguidos sin que la mano —la poderosa, la intrépida— entienda en qué segundo cambiar la orientación de los dedos.    

Una ocasión, revoloteando un viejo armario usado como bodega en la casa de mi abuela —bajo sospecha de buscar adornos navideños—, encontré un requinto acústico sin cuerdas y maltratado que estaba contemplado para usarse como leña por algún “pepenador”. Como era de esperarse, lo tomé, le quité el polvo y lo aparté del escombro con el pretexto de sí, aprender a tocarlo. Los errores comienzan así, como un accidente que provocamos, impulsados por las ganas de salir del anonimato propio de la adolescencia; máxime si en la escuela de procedencia el que no es ciego tiene aliento de mojarra.

A ese artefacto le compré cuerdas de metal relucientes, lindas como los hombros de las quinceañeras que juegan a dejar la pubertad detrás de salones oscuros a la hora de la salida y, sin más educación que ganas, comencé las lecciones. Digo error, porque el motivo de que esa “madre” estuviera arrumbada tuvo una razón: no servían las tuercas de donde se estiraban y maleaban las cuerdas. De esta forma, a diario tocaba “un requinto de seis” adaptado como “un bajo de cuatro”; pésima idea si se toma en cuenta que hasta el momento de escribir esta rúbrica no existen escalas ni acordes para esta adaptación de la que me sentí orgulloso.

Al no ver resultados por más que practicaba y creyendo que todo era un problema de actitud —por iniciativa propia—, formé una “banda” con algunos “compas” del salón y cuando creí(mos) que era el momento adecuado —como banda de guerra— pedimos una audición con la Mesa directiva de la escuela para que nos comprara instrumentos y, así, enaltecer los valores de unidad y compromiso con la institución —al menos ese fue el objetivo que nos pidieron para redactar dicha solicitud—.

En efecto, todo era un problema de actitud y, en cuanto nos dieron el “sí” para la presentación, los domingos soportábamos los eructos del padre de Angélica, la niña modelo que aceptamos entrara al proyecto sólo por tener un par de “cuerdas” más de las que podíamos obtener con la bella cara que Ricardo, el chico prodigio que sabía “Corazón de roca” y un Do, Fa, Re y por ahí un Mi#.

Todo estaba planeado: entraríamos al salón, seguros de lo que hacíamos, viendo a la gente, saludando con la mano derecha, sonriendo y al grano. El problema fue que ninguno de nosotros —al menos antes de ese momento— habíamos estado frente a cuatro personas, un bebé guacareando en las boobs de su madre y todos los colados que era imposible evitar.

Sudé tanto, que los nervios hicieron lo propio y el terror bajó a la entrepierna hasta que, al iniciar la función, me sentí como B.J. Thomas y anuncié el número final: All together now, canción mítica de The Beatles que supuse impresionaría al público.

Nuevo error: nunca se toca una canción sin saber qué acordes van seguidos.

En efecto, descubrí que tengo una voz del asco, que, salvo sea intencional, no es elegante pasar tres minutos rasgueando una sola nota desfasada del estribillo y los puentes, así como dar por hecho que las buenas intenciones son plausibles por aquellos que ven en “Rayito colombiano” la cumbia suya de cada día.

Muy pocas veces he visto el semblante de la gente con aberración súbita que no la ocultan ni pretenden disimularla, y esa tarde, creo, la viví con el mayor de los orgullos que se puede tener cuando se echa al caño la expectativa sobre la cual se trabaja.

Fue un pésimo momento para darme cuenta de que el ego duele como patada de burro, y sólo me quedó agachar la cabeza y “darlas gracias” como si en ello se me fuera la garganta seca y el humor tragado sin saliva. Pero al fin y al cabo, esos pequeños detalles forjan el carácter de los hombres, aprendiendo a salir de ésas como los grandes: con la cola apestando a vergüenza.

Si de traumas se trata la vida, cubrí mi cuota correspondiente, decidiendo por salud mental que lo mío, lo mío, mío, no eran los metales ni los trastes. Nada de eso: si la música estaría presente en todo lo que hiciera, no se ligaría con el deseo de tocarla o andar tras los pasos de Les Paul. Aunque a la distancia, ahora, pronto a llegar a los veintisiete, “el club” llama como la sangre y vuelvo a sentir las llagas en los dedos por saber qué hay detrás de las puertas que abren sin manijas… ¿mito o venganza?

Me gusta fumar. Adoro la sensación de levantarme muy temprano —cuando el sueño y la pereza no me devora las ingles—, y encender un cigarro al lado de una taza de café recién hecho. Esto nutre el alma en momentos difíciles y los dota de cierta lucidez aunada a buena música y los gritos de ciertos vecinos que han comprendido que más allá de los golpes, los problemas se resuelven de maneras tan misteriosas que ni el dios profeta supiera cómo entrarle con arcos de decencia.

El cigarro ha estado presente en mi vida desde que tengo memoria, que es complicado entender comenzara a nutrirle a la bocanada ya entrado en los diecisiete años, pero así fue. Su olor me parecía hostigante y provocaba náuseas con sólo verlo e, incluso, desagradable a los ojos de un niño educado como un “caballerito” pero, como la historia lo demuestra, más rápido cae un visco que un proxeneta, la preparatoria hizo rodar por mi nariz su dulce sabor a alquitrán.

Fumar es la primera acción de rebeldía contra el establishment que representan los enemigos culturales de toda generación: los padres y la familia. Aunque no lo veía de esa forma, aprendí a tragarme el humo sin más que un par de tosidos y una “guacarada”, a la par de los primeros escarceos líricos y una que otra “caguama banquetera” con sabor a tacos de cucaracha.

Así pasaron seis años hasta que la rebeldía, el pelo a los hombros, la barba con piojos y la ropa oliendo a cola de microbús no fue suficiente. Creo que faltaba una excusa para salir de la rutina de la escuela, un trabajo mal pagado y ver a mi ex novia metiendo la lengua a un cabrón más gordo que yo, así que después de una lectura con Rey, Parra y David en el famoso Rainbow land —bar gay donde se preparaba el mejor “mojito” que probé— trepamos a la camioneta de Lennon —un “camarada” con quien hicimos nuestra primera resistencia estudiantil en la degenerada FFyL— quien después de un golpe seco a la mandíbula, hizo darme un chance para definir mi concepto de percepción.

Después de escuchar a The Doors, se detuvo en la calle más oscura de la colonia más oscura —lugar que recuerdo porque no se veía ni una maldita luz— cerró las cortinas que nos rodeaban, con una sutileza mística y espontánea que me hizo pasar del miedo a sentirme “confortablemente aturdido”. Imaginaba que platicaríamos con unos alcoholes o algo que se le pareciera; sin embargo, esa idea se modificó un poco cuando, al sonar los poemas de Federico García Lorca en la voz sensual de una tipa, abrió una caja de la cual montaba una especie de epazote sobre una sábana blanca de textura limpia y de marca gringa: “Vale, no’más den un roll que no venga nadie…”

Antes había visto a Parra preparar sus tabacos de la misma forma que Lennon forjaba el suyo, así que no era tanto el cigarro que fumaba como el que ahora me iba a surtir… “chido, deja le doy el jalón para ver cómo quedó”. Leía los poemas de Morrison y hasta tuve una playera de María Sabina “quemando un perico”, pero nunca lo acaricié entre los dedos… “chido, vas”… “¿voy?… ¿dónde?”… “aguanta, es su primera vez… dale, pero no lo saques, aguántalo, quémalo chido… si sientes mal pedo, ya no le pujes”…

Después de tres rondas, seis bocanadas y un buena “horneada” en dos metros cuadrados, supe que García Lorca no había muerto: estaba a mi destra con un disparo en la espalda y hablando en decibeles minúsculos una sola palabra: “Sed”.

El tiempo cambió de matiz a uno lento e invisible y hasta sentí el paso de mi sangre en los nuevos veinte dedos que jamás supe usar en escasos cuarenta minutos en los que descubrí una percepción de la realidad un tanto parecida a la unión que pudiera ser mítica entre una “escalera al cielo” que se compra con el espíritu del “barco de cristal” cuya blancura tapiza todas y cada una de sus habitaciones y el “sonido del silencio” rebotando en mis pupilas llenas de sueño.

Dicen los refranes que “la primera vez jamás se olvida”, y en ello son ciertos, pero esa noche no importó que regresara caminando a mi casa ondeando mis pasos sobre una acera que no dejaba de moverse, ni que me hundiera la cama quitándome todo el peso de culpa por tomar esta libertad en los labios, ya que entendí que la percepción es sólo parte del estación de conciencia que llamamos “realidad” y que de vez en cuando vale la pena darse el tiempo para tocar a su puerta tres veces y entrar corriendo hasta que alguien nos alcance… amén…

Celebration day

Publicado: agosto 10, 2010 en Even now

Creo que los miedos definen al ser humano. Siempre han estado con nosotros y “nunca nos dejan solos de noche, ni de día”; es decir, el miedo es como el karma: ofrecemos algo al universo y, regularmente, regresan con forma de arañas, mujeres psicópatas, Hacienda o elefantes rosas a un costado de la puerta. En cualquiera de sus formas, el miedo se podría ajustar a una distinguidísima frase: “dime a qué le temes y te diré quién eres”.

En mi caso, al igual que muchos contemporáneos e, incluso, miembros de mi generación, el miedo tuvo tintes opacos, con neblinas y silencio total que, todo ello junto, nos lleva a la unidad indescifrable y violenta que nos sujeta de ambas manos apretando hasta conducirnos a la locura… sí, ni más ni menos que… la oscuridad.

Como todo lleva una razón en medio de las piernas, el miedo para mí tuvo su origen en ronquidos de medianoche que no permitían que conciliara el sueño, y no es para menos: siempre me vi acosado por sombras y ruidos extraños (gesticulaciones y malos sueños), pues a los cinco años no era dueño de mi voluntad y menos de una cama propia que ahuyentara de la atención a mis abuelos, referentes de esos místicos “ruidos”.

Durante esa etapa surgía otro inconveniente: mis primas. Hubieran sido desapercibidas por mi temprana juventud si no fueran causantes del terror que aseguraba cada noche —aún más si consideramos que a esa edad las diecinueve horas ya es tiempo del crepúsculo—. No puedo negar que de familia siempre he sido de un diente virtuoso y casi todo lo que es comestible —haciendo a un lado el mole de panza— ha pasado por mi esófago, hecho que me pone en desventaja sobre los demás, porque si de comer se trata, siempre soy el primero en levantar los intestinos y, eso, literalmente, me llevó a la perdición.

Mis primas, conscientes de esta debilidad me prepararon “la broma” que hasta hoy en día superé como un acto de convicción personal: cierta ocasión nos quedamos solos en la casa, con las luces en off, excepto de la sala que alumbraba, tenebrosamente, más allá donde la vista se perdía. Como si fuera planeado por la mente perversa —en que después me convertí con mi propio hermano—, crearon un ambiente lánguido… “¿oyes eso?”… “¿qué… en la cocina…?”

Sabiendo que la hora prometida de comer se acercaba, iban de un lado a otro para ver “qué pasaba”. En verdad, siendo niños somos tan ingenuos que el menor sentimiento de extrañeza, fuera de los brazos de la madre, nos pone la cara en blanco o, de plano, nos provoca “chorrilo”. Inevitablemente, eso pasaría.

Después de asomarse por las cortinas, ventana, debajo de la mesa y por donde fuera, dejaron que el ambiente se tranquilizara, aunque con una advertencia… “no te metas a la cocina… ahí está ‘la mano peluda’”… “¿mano peluda?… eso ni existe”… “eso crees, no te metas porque te está buscando”…

Meses antes, “la mano peluda” era mi “coco”, la veía en sueños y a la menor provocación, quien fuera, sacaba a relucir su nombre espantoso. En perspectiva, no culpo su aparición en mi universo personal, ya que “algo” tenían que hacer mis tías para detenerme ya que, después de haber quemado una cama, terminar con las gelatinas de la alacena, comer las croquetas del perro, fundir una televisión y picarle la “pompa” a una de esas “primas”, era necesario un correctivo con halo de venganza; y de la nada, el “coco” se hizo realidad.  

Recuerdo que mi panza crujía tanto por no comer que, haciendo a un lado mis temores, caminé al refrigerador, serví un poco de leche y al momento de avanzar hacia la ansiada cocina, al verla cerrada pretendí abrirla con un movimiento lento pero seguro… y ahí, frente a mi rostro, el monstruo tocó mi nariz helada: tal fue mi desesperación que boté lo que llevaba en manos y sentí que la cabeza zumbaba de oreja a oreja, mientras las piernas temblaban sin obedecer la única razón que un evento así permite… ¡correr!

Permanecí en el mismo lugar hasta que un gritó salió de mi garganta seca y huí al sillón más lejano: como si no bastara lo visto, en lugar de cobijarme en un lugar de paso, decidí irme lo más lejos que de ahí pudiera, escuchando solamente unas risas que no aturdían más de lo que escuchaba.

Creo que en un momento así no me hice en los “chones” por falta de alimento, aunque lo cierto es que las consecuencias terminé de vivirlas ya en la pubertad cuando descubrí que los “ruidos” que a veces perturbaban las madrugadas eran por una tal “dilatación térmica”, el viento en las ventanas o el perro estirándose debajo de mi cama.

Con el tiempo aprendí que no es sano picarle las “pompas” a nadie, a menos del consentimiento por escrito —mucho menos con una “tachuela” por más afilada que esté, ya que duele igual— y nunca usar un labial nuevo como marcador de pizarrón, pues una mujer, como buen vengativo que es el ser humano, siempre sabe dónde pegar, fuerte y certero.

Además, supe que los mitos pueden ser suplantados por objetos de menor importancia, pues aquella mano que rompió mi concepto de “paz” y “sagrados alimentos” no era más que un guante negro de tela que se hallaba en el lugar y momento justo entre la gula de juventud y el arco del triunfo llamado “cocina”.