The magical mystery tour is dying to take you away

Publicado: julio 19, 2010 en Cine y música

Llegué a los catorce con un desfase de estatura que me hacía superar por ocho centímetros a cualquier tipo de la escuela. Llegué con la mayor delgadez que jamás repetiré y con cuarenta y nueve kilos sobre mi existencia. También, con toda clase de hemorragias nasales y con una fractura de cráneo que ahora me evita modelar la de por sí miserable figura de mi cabeza —más de uno se espanta de tocar el “hoyo de la memoria” que se encuentra ligeramente a un costado de mi mollera—.

En fin, llegué a los catorce apenas redescubriendo al que ahora, es mi grupo favorito. No es una verdad a medias que puedo estar días enteros escuchando a The Beatles —a los “bitles”, como aún se conocen en México, la tierra de las oportunidades: la tierra de los Mercedes Benz blancos y el mal gusto— sin que me aburran sus coritos, los falsetes o sus películas que no dejan de asombrarme.

Con ello no admito, en ninguna de sus fases, obsesión alguna o complejos que me provoquen fijación sobre objetos o personas, pero la verdad es que eran groovies, quizá por ello, José Agustín tuvo razón al decir que, la prueba de la existencia de Dios es que existieron los Beatles.

En todo caso, debo aceptar que llegué —nuevamente— a los catorce, dejándome llevar por Magical mystery tour, la tercera película del grupo: influenciado por una movie de la que, a decir verdad, no entendí un carajo. No es para menos, escasamente imaginaba qué era la psicodelia y sólo había escuchado un cassette entero del grupo —Help!— en una walkman amarillo que un tío me regaló bajo la premisa que lo cuidara, hecho que nunca se cumplió, mejor dicho, que nunca cumplí.

Como sea, en el verano de 1998, Televisión Azteca transmitió durante casi una semana algunos documentales, programas especiales, videos y varios detallitos referentes al grupo, entre ellos, se vio por primera vez en señal abierta Magical mystery tour y, como era de esperarse, ahí estaba, sentado en el sillón del perro a la espera del inicio, casi con el morbo de un adolescente que prueba emociones nuevas. En perspectiva, creo que esta película es, en efecto, una emoción nueva en cada vistazo que se le echa, no por nada se ha convertido en un clásico surrealista y elocuente narración del ya lejano 1967.

Creo, para ser honesto, que no era la película lo que tanto me importaba, sino verlos hablando, dar una vuelta o algo que no fuera imaginar cómo chingaos eran. Ahora, con ello, creo que sí soy un tanto obsesivo —aunque la última palabra la tiene el Master, guía espiritual y entrañable amigo con quien comparto este gusto lírico, especialmente—.

La trama fue lo de menos, ya que bien puede considerarse como una película temática que sale de todo lo anteriormente el grupo experimentó. Si con A hard days night y Hepl! —ambas dirigidas por Richard Lester— se mostraban las andanzas juveniles, ahora, el tono de las escenas fue más aventurado, un tanto psicodélico. Es más, se podían ver momentos que a los ojos de aristotelistas cabrían como una aberraciones sinsentido, aunque para mí era la perfección.

 A partir de ese momento busqué cambiar hábitos y me enamoré de los chalecos, sombreros, azafatas, las tiendas de campaña y, por supuesto, los camiones de viaje —desgraciadamente, los únicos camiones que recordaba eran el “Santa María las palmas” y el famoso “chato” que me dejaba en la esquina de la primaria—.

Quería contar lo visto, ver a mis amigos y decirlo con detalle tras detalle, lo malo, e inevitable, al menos en una escuela secundaria pública, es que no siempre se comparte el gusto entre amigos, y me resigné a cambiar a The fool on the hill por “Cómo te voy a olvidar”, hecho que sigue traumándome y que no expreso por humildad y amor propio.

 Ahora bien, de las canciones que aparecen, una de ellas habría de convertirse en “pista” sobre la muerte de Paul McCartney: Your mother should know. Durante la última escena, los cuatro Beatles bajan paso a paso por una escalera un tanto curva de color blanco que combina con los trajes del mismo tono, aunque con una diferencia: McCartney lleva en la solapa un crisantemo negro, mientras los demás, uno rojo; hecho que a su tiempo habremos de relatar.

 Para ser honesto, creo que si el verdadero McCartney murió y todos hemos sido engañados por la mercadotecnia insipiente de los sesenta, el teatrito fue bien montado, ya que, al menos hasta el 28 de mayo pasado, sigo creyendo que Paul es Paul y que hasta las placas de los “vochos” se equivocan sin piedad.

 Como sea, llegué a los catorce con la melomanía picando en la espinilla derecha y detestando el olor a cigarro, ocho mordidas de perro en el cuerpo, veinte pesos en la bolsa e iniciando mi fijación por The Beatles. Creo que no se me puede culpar por ello o, al menos, aún no. Es cierto que siempre relaciono las cosas con sus canciones y los he vuelto una cita necesaria en todas mis pláticas pero, ¿no es lo mismo que predicar la palabra del señor… compadre?

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comentarios
  1. gerardochilaca dice:

    Coincido contigo. Cuando descubrí a estos genios, el horizonte musical cambio de forma drastica; aprendi con ellos a gozar la musica, a conocer generos, pero lo más importante, a sentir como recorria por las venas la alegria y la armonia de esas canciones. Es emocionante hasta el dia de hoy escuchar o ver algo que se relacione con ellos; no hay dia que no me desayune o cene un disco de The Beatles o que me emocione con una noticia de ellos.
    Cuando te conoci en el campus 1 y platicabamos de ciertos gustos melómanos, te imagine un poco como te describes. No estaba tan equivocado.

    I am he as you are he as you are me and we are all together………..
    Four fab, inyectenme de esas gotas de psicodelia y musak agradable

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