Turned a whiter shade of pale

Publicado: julio 27, 2010 en Uncategorized

Nunca he sido un buen bailarín. Nunca he sido tan social como para divertirme —en cualquiera de sus representaciones— en lugares con más de cinco personas. Es cierto, soy un antisocial, y no me quejo. A decir verdad, creo que odio a la gente y, generalmente, la gente también me odia, cuestión de karma. Prefiero escuchar un disco con la luz apagada, fumando con el café recién hechicito, tirado en la cama a la hora justa donde convivo en paz con mi tan ansiada gastritis y mis cajas medio llenas de Cafiaspirinas.

La gente nace con aptitudes y bailar no era lo mío, porque a veces dar un pisotón se convertía en el menor de mis problemas cuando intentaba romper el hielo con alguna tipa hasta que, tiempo después, tres amigas, veinte litros de vodka y ochenta copas de whisky me hicieron comprender lo equivocado que estaba. Pero bueno, como dije, eso fue después del primer empujón que, como es bien sabido, es el que más duele.         

Insisto en haber vivido equivocado durante todo el tiempo que negué a los pasos dobles y al maravilloso estilo libre, del cual me declaro fan incondicional ya que, si la primera canción que bailé fue I me mine, de la que por cierto llegué a sentirme en las nubes, no sólo por el hecho que Iván —un amigo del cual sé ahora muy poco— tocaba su acústica mientras imitaba el tarareo de Lennon en Let it be, existió un contratiempo en el aire: en efecto, yo no era Lennon y, mucho menos, Yoko era a quien abrazaba… aunque si de ejemplos e historias se trata, me identifiqué con John en el nombre de su primera esposa. Siendo el caso, hubiera preferido a Yoko, al menos ella “entró por la ventana del baño” y no por la puerta de una escuela apestando a olvido.

En fin, como decía, la segunda canción que bailé fue A whinter shade of pale o “Una pálida sombra” de Procol Harum, banda inglesa que sufrió un estigma parecido a Hotel California con The eagles: durante muchos años fue recordada como su único éxito y hasta fueron prohibidos durante los días que siguieron al once de septiembre de 2001, en USA, debido a sus “mensajes subliminales”, hecho que podía causar más ataques a una debilitada sociedad gringa. Sin embargo, con todas estas atenuantes, me atreví; la bailé con ella, con Penny lane, quien a la postre, se convirtió en el gran amor platónico de mi vida… adulta.

Durante varios años convertí la noche de los sábados en la visita obligada al bar donde algunos amigos nos encontrábamos para Let’s spend the night together. Nuestra rutina era un tanto halagadora: llegábamos, pedíamos, nos quedábamos sentados y, sin mover un dedo, pasábamos el rato de lo más cómodo, pues el lugar nunca se llenaba y fumar estaba permitido, por lo que cambiar el cenicero a nuestra mesa era un verdadero prodigio.

De esta manera conocí a Penny lane, una chica de mi edad, estudiante de Psicología, camarera de fines de semana y amante del café de lunes a viernes —por supuesto que fumadora intensa, en proporción conmigo—; es decir, la mujer perfecta si eliminamos el segundo detalle.

Todo el tiempo, antes de conocerla, la llamé “señorita” para cualquier mandado que mis amigos —yo incluido— quisieran del consumo hasta que, una noche, cuando el grupo estelar finiquitaba el día —sin que dejarla de verla entre sombras y luces neón—, caminó hacia mí, se detuvo en el costado derecho y, con voz segura, dijo: “¿Quieres bailar?”

Creo que esa pregunta a los quince años me hubiera hecho sudar las manos o quitarme el terror de la frente; sin embargo, a los veintitrés, me hizo tajantemente decir: “No, no bailo”. Por supuesto que no se lo comentaría, ni pondría pretextos al estilo “no sé” o “me duele la espalda”, mucho menos “estoy mejor sentado”.

En esos momentos comprendí lo perspicaz que puede ser una mujer cuando se lo propone; en efecto, sin que me dejara otra opción, me tomó de la mano y, sin más ni más, me llevó —como se lleva a la novia— a la pista de baile. Ahí estábamos, mejor dicho, ahí estaba aguardando no ser visto, hecho imposible ya que cinco metros a la redonda había nadie,  ausente de alguien más que no fuera yo, ella, las luces y la silueta de Elvis frente a mí. En su momento, me sentí como un trofeo, algo que se posee gracias al esmero y a la voluntad de una persona superior: que aguarda el instante justo de hacer valer sus cualidades. Eso, era un trofeo —al menos eso quiero creer—.

Cuando el grupo nos vio, las cosas cambiaron: ahora me sentía poderoso, capaz de todo porque a nadie más Penny lane sujetaba como a mí. Justo comenzaron los primeros acordes, sus ojos se mimetizaron con los míos e inició la pista a moverse… We skipped the light fandango… y la canción avanzaba mientras que, acompasados y en silencio, todo acababa debajo de mis pies. Creo que nuestra posición era absolutamente cómoda, pues no bastó que Something —otra vez The Beatles— fuera tocada porque seguíamos idénticos, hasta que a la par de una frase dije adiós a su cadera y al rostro apilado en mi hombro… Don’t want to leave her now, you know I bealive her now

A ella la seguí viendo al menos una vez a la semana y me tocó visitarla cuando al quirófano llegó por culpa del apéndice. Puedo presumir que tuve en vivo y a todo color la herida recién hecha, frente a mí, aunque no hay nada peor que matar el cariño de alguien que enseñar el rastro de un bisturí. Nunca la vi con los mismos ojos.

Después de un tiempo le perdí el rastro y prefirió cambiar de aires, trabajo, buscó ejercer como psicóloga y hacer valer sus años de escuela; casarse, hijos o lo que la ocasión le presentara, pero esa noche hizo que no durmiera pensando en qué tanto vale una canción para cambiar mi modo de pensar, mover las piernas y “ver las ruedas”. Jamás supe más de su nombre hasta que hace unos días escuché la misma canción, los mismos acordes y la misma frase… There is no reason, and the truth is plain to see… y aunque ya no bailo a menudo, ella se atrevió a volver cada vez más pálida a una sombra que a veces habla…

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s