Celebration day

Publicado: agosto 10, 2010 en Even now

Creo que los miedos definen al ser humano. Siempre han estado con nosotros y “nunca nos dejan solos de noche, ni de día”; es decir, el miedo es como el karma: ofrecemos algo al universo y, regularmente, regresan con forma de arañas, mujeres psicópatas, Hacienda o elefantes rosas a un costado de la puerta. En cualquiera de sus formas, el miedo se podría ajustar a una distinguidísima frase: “dime a qué le temes y te diré quién eres”.

En mi caso, al igual que muchos contemporáneos e, incluso, miembros de mi generación, el miedo tuvo tintes opacos, con neblinas y silencio total que, todo ello junto, nos lleva a la unidad indescifrable y violenta que nos sujeta de ambas manos apretando hasta conducirnos a la locura… sí, ni más ni menos que… la oscuridad.

Como todo lleva una razón en medio de las piernas, el miedo para mí tuvo su origen en ronquidos de medianoche que no permitían que conciliara el sueño, y no es para menos: siempre me vi acosado por sombras y ruidos extraños (gesticulaciones y malos sueños), pues a los cinco años no era dueño de mi voluntad y menos de una cama propia que ahuyentara de la atención a mis abuelos, referentes de esos místicos “ruidos”.

Durante esa etapa surgía otro inconveniente: mis primas. Hubieran sido desapercibidas por mi temprana juventud si no fueran causantes del terror que aseguraba cada noche —aún más si consideramos que a esa edad las diecinueve horas ya es tiempo del crepúsculo—. No puedo negar que de familia siempre he sido de un diente virtuoso y casi todo lo que es comestible —haciendo a un lado el mole de panza— ha pasado por mi esófago, hecho que me pone en desventaja sobre los demás, porque si de comer se trata, siempre soy el primero en levantar los intestinos y, eso, literalmente, me llevó a la perdición.

Mis primas, conscientes de esta debilidad me prepararon “la broma” que hasta hoy en día superé como un acto de convicción personal: cierta ocasión nos quedamos solos en la casa, con las luces en off, excepto de la sala que alumbraba, tenebrosamente, más allá donde la vista se perdía. Como si fuera planeado por la mente perversa —en que después me convertí con mi propio hermano—, crearon un ambiente lánguido… “¿oyes eso?”… “¿qué… en la cocina…?”

Sabiendo que la hora prometida de comer se acercaba, iban de un lado a otro para ver “qué pasaba”. En verdad, siendo niños somos tan ingenuos que el menor sentimiento de extrañeza, fuera de los brazos de la madre, nos pone la cara en blanco o, de plano, nos provoca “chorrilo”. Inevitablemente, eso pasaría.

Después de asomarse por las cortinas, ventana, debajo de la mesa y por donde fuera, dejaron que el ambiente se tranquilizara, aunque con una advertencia… “no te metas a la cocina… ahí está ‘la mano peluda’”… “¿mano peluda?… eso ni existe”… “eso crees, no te metas porque te está buscando”…

Meses antes, “la mano peluda” era mi “coco”, la veía en sueños y a la menor provocación, quien fuera, sacaba a relucir su nombre espantoso. En perspectiva, no culpo su aparición en mi universo personal, ya que “algo” tenían que hacer mis tías para detenerme ya que, después de haber quemado una cama, terminar con las gelatinas de la alacena, comer las croquetas del perro, fundir una televisión y picarle la “pompa” a una de esas “primas”, era necesario un correctivo con halo de venganza; y de la nada, el “coco” se hizo realidad.  

Recuerdo que mi panza crujía tanto por no comer que, haciendo a un lado mis temores, caminé al refrigerador, serví un poco de leche y al momento de avanzar hacia la ansiada cocina, al verla cerrada pretendí abrirla con un movimiento lento pero seguro… y ahí, frente a mi rostro, el monstruo tocó mi nariz helada: tal fue mi desesperación que boté lo que llevaba en manos y sentí que la cabeza zumbaba de oreja a oreja, mientras las piernas temblaban sin obedecer la única razón que un evento así permite… ¡correr!

Permanecí en el mismo lugar hasta que un gritó salió de mi garganta seca y huí al sillón más lejano: como si no bastara lo visto, en lugar de cobijarme en un lugar de paso, decidí irme lo más lejos que de ahí pudiera, escuchando solamente unas risas que no aturdían más de lo que escuchaba.

Creo que en un momento así no me hice en los “chones” por falta de alimento, aunque lo cierto es que las consecuencias terminé de vivirlas ya en la pubertad cuando descubrí que los “ruidos” que a veces perturbaban las madrugadas eran por una tal “dilatación térmica”, el viento en las ventanas o el perro estirándose debajo de mi cama.

Con el tiempo aprendí que no es sano picarle las “pompas” a nadie, a menos del consentimiento por escrito —mucho menos con una “tachuela” por más afilada que esté, ya que duele igual— y nunca usar un labial nuevo como marcador de pizarrón, pues una mujer, como buen vengativo que es el ser humano, siempre sabe dónde pegar, fuerte y certero.

Además, supe que los mitos pueden ser suplantados por objetos de menor importancia, pues aquella mano que rompió mi concepto de “paz” y “sagrados alimentos” no era más que un guante negro de tela que se hallaba en el lugar y momento justo entre la gula de juventud y el arco del triunfo llamado “cocina”.

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comentarios
  1. Ivonne Perez dice:

    Hola Primo soy tu fan, pero tienes razon esa cocina esta embrujada, es mas toda la casa tiene algo que jamas podremos explicar, te mando besos FELICIDADES

  2. Kattie dice:

    ja ja Fantástico relato a eso se le llama una buena carcajada. Me pregunto si de aquel suceso ahora viene que no te guste que te vean comer en público!

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