In the white room with black curtains near the station

Publicado: septiembre 1, 2010 en Uncategorized

Me gusta fumar. Adoro la sensación de levantarme muy temprano —cuando el sueño y la pereza no me devora las ingles—, y encender un cigarro al lado de una taza de café recién hecho. Esto nutre el alma en momentos difíciles y los dota de cierta lucidez aunada a buena música y los gritos de ciertos vecinos que han comprendido que más allá de los golpes, los problemas se resuelven de maneras tan misteriosas que ni el dios profeta supiera cómo entrarle con arcos de decencia.

El cigarro ha estado presente en mi vida desde que tengo memoria, que es complicado entender comenzara a nutrirle a la bocanada ya entrado en los diecisiete años, pero así fue. Su olor me parecía hostigante y provocaba náuseas con sólo verlo e, incluso, desagradable a los ojos de un niño educado como un “caballerito” pero, como la historia lo demuestra, más rápido cae un visco que un proxeneta, la preparatoria hizo rodar por mi nariz su dulce sabor a alquitrán.

Fumar es la primera acción de rebeldía contra el establishment que representan los enemigos culturales de toda generación: los padres y la familia. Aunque no lo veía de esa forma, aprendí a tragarme el humo sin más que un par de tosidos y una “guacarada”, a la par de los primeros escarceos líricos y una que otra “caguama banquetera” con sabor a tacos de cucaracha.

Así pasaron seis años hasta que la rebeldía, el pelo a los hombros, la barba con piojos y la ropa oliendo a cola de microbús no fue suficiente. Creo que faltaba una excusa para salir de la rutina de la escuela, un trabajo mal pagado y ver a mi ex novia metiendo la lengua a un cabrón más gordo que yo, así que después de una lectura con Rey, Parra y David en el famoso Rainbow land —bar gay donde se preparaba el mejor “mojito” que probé— trepamos a la camioneta de Lennon —un “camarada” con quien hicimos nuestra primera resistencia estudiantil en la degenerada FFyL— quien después de un golpe seco a la mandíbula, hizo darme un chance para definir mi concepto de percepción.

Después de escuchar a The Doors, se detuvo en la calle más oscura de la colonia más oscura —lugar que recuerdo porque no se veía ni una maldita luz— cerró las cortinas que nos rodeaban, con una sutileza mística y espontánea que me hizo pasar del miedo a sentirme “confortablemente aturdido”. Imaginaba que platicaríamos con unos alcoholes o algo que se le pareciera; sin embargo, esa idea se modificó un poco cuando, al sonar los poemas de Federico García Lorca en la voz sensual de una tipa, abrió una caja de la cual montaba una especie de epazote sobre una sábana blanca de textura limpia y de marca gringa: “Vale, no’más den un roll que no venga nadie…”

Antes había visto a Parra preparar sus tabacos de la misma forma que Lennon forjaba el suyo, así que no era tanto el cigarro que fumaba como el que ahora me iba a surtir… “chido, deja le doy el jalón para ver cómo quedó”. Leía los poemas de Morrison y hasta tuve una playera de María Sabina “quemando un perico”, pero nunca lo acaricié entre los dedos… “chido, vas”… “¿voy?… ¿dónde?”… “aguanta, es su primera vez… dale, pero no lo saques, aguántalo, quémalo chido… si sientes mal pedo, ya no le pujes”…

Después de tres rondas, seis bocanadas y un buena “horneada” en dos metros cuadrados, supe que García Lorca no había muerto: estaba a mi destra con un disparo en la espalda y hablando en decibeles minúsculos una sola palabra: “Sed”.

El tiempo cambió de matiz a uno lento e invisible y hasta sentí el paso de mi sangre en los nuevos veinte dedos que jamás supe usar en escasos cuarenta minutos en los que descubrí una percepción de la realidad un tanto parecida a la unión que pudiera ser mítica entre una “escalera al cielo” que se compra con el espíritu del “barco de cristal” cuya blancura tapiza todas y cada una de sus habitaciones y el “sonido del silencio” rebotando en mis pupilas llenas de sueño.

Dicen los refranes que “la primera vez jamás se olvida”, y en ello son ciertos, pero esa noche no importó que regresara caminando a mi casa ondeando mis pasos sobre una acera que no dejaba de moverse, ni que me hundiera la cama quitándome todo el peso de culpa por tomar esta libertad en los labios, ya que entendí que la percepción es sólo parte del estación de conciencia que llamamos “realidad” y que de vez en cuando vale la pena darse el tiempo para tocar a su puerta tres veces y entrar corriendo hasta que alguien nos alcance… amén…

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