For you blue

Publicado: septiembre 7, 2010 en Even now, Uncategorized

Disfruto escribir tanto como ver películas bélicas, o dormir sin que me despierte un “gallo” atorado en las amígdalas justo a las siete de la mañana; incluso, igual que un Jack Daniel’s “derecho” después de una buena dosis de gastritis diurna. Aunque todo ello es capaz de quitarme el sueño, la música tiene el efecto —contagioso diría— de incluirse en cada una de mis pláticas de la misma forma que es imposible no entrar al metro “Buena vista” sin que alguien deje el rastro en las “pompas” de otro más, indicando que su amor pasó por ahí.

Si la música —en especial la penosamente llamada oldie— me provoca dejar todo lo que hago para seguirla en pasos dobles y a oscuras, a veces se descubre de maneras lamentables que uno —bueno, yo— no nace con el don de hilar dos acordes seguidos sin que la mano —la poderosa, la intrépida— entienda en qué segundo cambiar la orientación de los dedos.    

Una ocasión, revoloteando un viejo armario usado como bodega en la casa de mi abuela —bajo sospecha de buscar adornos navideños—, encontré un requinto acústico sin cuerdas y maltratado que estaba contemplado para usarse como leña por algún “pepenador”. Como era de esperarse, lo tomé, le quité el polvo y lo aparté del escombro con el pretexto de sí, aprender a tocarlo. Los errores comienzan así, como un accidente que provocamos, impulsados por las ganas de salir del anonimato propio de la adolescencia; máxime si en la escuela de procedencia el que no es ciego tiene aliento de mojarra.

A ese artefacto le compré cuerdas de metal relucientes, lindas como los hombros de las quinceañeras que juegan a dejar la pubertad detrás de salones oscuros a la hora de la salida y, sin más educación que ganas, comencé las lecciones. Digo error, porque el motivo de que esa “madre” estuviera arrumbada tuvo una razón: no servían las tuercas de donde se estiraban y maleaban las cuerdas. De esta forma, a diario tocaba “un requinto de seis” adaptado como “un bajo de cuatro”; pésima idea si se toma en cuenta que hasta el momento de escribir esta rúbrica no existen escalas ni acordes para esta adaptación de la que me sentí orgulloso.

Al no ver resultados por más que practicaba y creyendo que todo era un problema de actitud —por iniciativa propia—, formé una “banda” con algunos “compas” del salón y cuando creí(mos) que era el momento adecuado —como banda de guerra— pedimos una audición con la Mesa directiva de la escuela para que nos comprara instrumentos y, así, enaltecer los valores de unidad y compromiso con la institución —al menos ese fue el objetivo que nos pidieron para redactar dicha solicitud—.

En efecto, todo era un problema de actitud y, en cuanto nos dieron el “sí” para la presentación, los domingos soportábamos los eructos del padre de Angélica, la niña modelo que aceptamos entrara al proyecto sólo por tener un par de “cuerdas” más de las que podíamos obtener con la bella cara que Ricardo, el chico prodigio que sabía “Corazón de roca” y un Do, Fa, Re y por ahí un Mi#.

Todo estaba planeado: entraríamos al salón, seguros de lo que hacíamos, viendo a la gente, saludando con la mano derecha, sonriendo y al grano. El problema fue que ninguno de nosotros —al menos antes de ese momento— habíamos estado frente a cuatro personas, un bebé guacareando en las boobs de su madre y todos los colados que era imposible evitar.

Sudé tanto, que los nervios hicieron lo propio y el terror bajó a la entrepierna hasta que, al iniciar la función, me sentí como B.J. Thomas y anuncié el número final: All together now, canción mítica de The Beatles que supuse impresionaría al público.

Nuevo error: nunca se toca una canción sin saber qué acordes van seguidos.

En efecto, descubrí que tengo una voz del asco, que, salvo sea intencional, no es elegante pasar tres minutos rasgueando una sola nota desfasada del estribillo y los puentes, así como dar por hecho que las buenas intenciones son plausibles por aquellos que ven en “Rayito colombiano” la cumbia suya de cada día.

Muy pocas veces he visto el semblante de la gente con aberración súbita que no la ocultan ni pretenden disimularla, y esa tarde, creo, la viví con el mayor de los orgullos que se puede tener cuando se echa al caño la expectativa sobre la cual se trabaja.

Fue un pésimo momento para darme cuenta de que el ego duele como patada de burro, y sólo me quedó agachar la cabeza y “darlas gracias” como si en ello se me fuera la garganta seca y el humor tragado sin saliva. Pero al fin y al cabo, esos pequeños detalles forjan el carácter de los hombres, aprendiendo a salir de ésas como los grandes: con la cola apestando a vergüenza.

Si de traumas se trata la vida, cubrí mi cuota correspondiente, decidiendo por salud mental que lo mío, lo mío, mío, no eran los metales ni los trastes. Nada de eso: si la música estaría presente en todo lo que hiciera, no se ligaría con el deseo de tocarla o andar tras los pasos de Les Paul. Aunque a la distancia, ahora, pronto a llegar a los veintisiete, “el club” llama como la sangre y vuelvo a sentir las llagas en los dedos por saber qué hay detrás de las puertas que abren sin manijas… ¿mito o venganza?

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