We end up in Mexico city

Publicado: agosto 28, 2011 en Even now

Su nombre es Astrid; así la conocí, evitando más ideas o comentarios que terminaran con el encanto de verla en otras tierras que no fueran las que pisaba a diario por el camino que me llevaba por ida y regreso a la tierna escuela donde tomaba clases de ocho a siete.

“Astrid” era más interesante que “Graciela” o “Verónica”, y con eso bastaba para que su manera de hablar rompiera esquemas y me dejara callado: tenía un acento delicado y perspicaz, con ligeros incrementos en la voz al hacer notar sus ideas, pero siempre con tonos amables y rápidos que no evitaron que la viera sin gesticular nada.

Pero su nombre también es Abigail y, al saberlo, nada cambió, pues ahora me seguía pareciendo tan interesante como al principio, tanto que no importaba que ella estudiara Sociología. Sí, el punto exacto fue ella. No era relevante estar solo un día en la ciudad de México o que tomara más café que yo, mucho menos que fumara tanto que le siguiera el paso únicamente para no perder detalles caminando con ella. Sin embargo, “Astrid” tenía un significado extra.

Sólo un “obsesivo” imaginaría que ese nombre se vinculara con Astrid Kirchherr, y sólo un “ingenuo” lo podría atinar. En efecto, de ella misma procedía, así que ahora las charlas eran más cercanas y el gusto al fin un referente común. Hace tiempo, un gran amigo daba por hecho que “meter” a The Beatles en toda conversación era un lujo, más que deseo y, viendo las cosas, terminó equivocado, pues difícilmente podría dejarlos de lado, por obvias razones.

Ese día terminó después de comer las mejores “quesadillas” digeridas por estos intestinos que aún muerden justo al terminar la medianoche. Pero eso sí, no me despegaba de “ella” ni aunque el trolebús sólo guardara un asiento vacío y me quedara sin “cambio” para el taxi de regreso. Fuera de los intercambios de correos electrónicos de la “comitiva” que nos llevaba a la “TAPO” y los datos que son obligatorios para futuras visitas, me importaba el de ella, escrito en a la mitad de la lista con tinta verde y delineando el nombre completo y a dónde escribirle.

El viaje entero lo valía para encontrar en los mínimos detalles cualquier convergencia de ideas o cosas tan absurdas como el autor favorito. Ésta, no sería la primera vez que regresara a la ciudad de México sólo por verla, pero sí la única por la que el motivo era sentarme más de tres horas en el “Sanbor’s café”, justo en frente del Palacio de Bellas Artes y con el pretexto de comprar las Obras completas de Jorge Cuesta, compartir recetas, hablar de cocina y saber que nunca la volvería a encontrar en otra circunstancia que no fuera un saludo escueto y sin importancia. Esa última vez llevaba un vestido de lana con encajes bordados, y un rebozo que contrastó con el pants rosa de tonos blancos de ese primer encuentro.

El regreso amenazaba caótico y mal intencionado: David se casaba gracias al festejo prematuro que significaba no ser padre, por el momento. Comprobaciones fiscales, mismas que ameritaban subsidios universitarios para viajes en nombre de esa facultad que aún llevo metida en las ingles y el saber que nada cambiaba en lo absoluto, pero eso lo averiguaríamos mucho después.

Sin embargo, ya sentado, con el motor puesto y sin cabida a errores, una canción tuvo el gran detalle de sonar intacta: Back seat of my car, de Paul McCartney. No hace mucho, alguien me preguntó si creía en la posibilidad de que hubiera un the one reservada para cada quien. No lo sé, pero de haberlo, “ella” lo sería sin dudas.Las razones, no las tengo claras ni quiero averiguarlo, pues hay personas de las cuales nunca sabremos el motivo por el cual aparecen y se van. Por todo ello me inclino a pensar, cada vez más reservado, que al final “ella” no era Astrid Kirchherr y, mucho menos yo, Stewart Sutcliffe porque esa historia sólo aparece “un día en la vida”.

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