Narrow streets of cobblestone

Publicado: diciembre 10, 2011 en Even now

Hace tiempo imaginaba que la excusa ideal para iniciar una conversación era el simple deseo de hacerlo o, por así llamarlo, encontrar el momento justo para su inicio; es decir, sumido en el asiento del autobús, las miradas que se incluyen en la “hora feliz” o cualquier cosa que se le pareciera. Eso lo tengo claro: Cuando el deseo de platicar es imperativo, nada lo detiene. Sin embargo, el hecho mismo, sin detalles que lo adornen, se convierte en fastidio, hartazgo; verdadero “odio jarocho”.

Recuerdo que siempre me ha gustado hablar como si en eso se me fuera la paga del día, claro, si tuviera paga recurrente; pero estos días me atreví a ver una “película” que, años atrás, me estimado Rey sonaba a diario durante largas semanas: Coffee and cigarettes. A pesar que oí tantas veces las historias que se plantean en ella, quedé fascinado por todo lo que en ésta se nota, al punto que me queda claro que no hay nada más extravagante que una plática improvisada, pues su delicia es absoluta, siempre y cuando, el café y el humo la rodeen.

Me explico: El ambiente del “café” tiene matices afinados que dependen de la conversación, la mesa que se acomode en el lugar adecuado y, en primer lugar, el sabor del líquido; aunque, el ritual de los comensales tiene un toque espléndido. Por ejemplo, Parra, mi carnal, maneja un sentido del gusto que en absoluto le permite beber más de lo que es capaz de soportar.

Las primeras veces que nos reuníamos en el “Aguirre”, llegaba con pasos livianos que contrastaban con su lugar en la mesa. Sabíamos que la mejor hora de llegar al “café” era después de las dos de la tarde, justo cuando el cambio de cargas lo hacían fuerte, duro, con un sabor amargo, pero exacto en la boca: Cruzaba la pierna izquierda, acercando el cenicero y comenzaba el ritmo de nicotina que, afortunadamente, mantenemos hasta los días que platicamos.

Más clásico, era Rey; siempre llegaba tarde y era el único que pedía “limonadas de naranja” para no perder el estilo de su naciente adicción por las historias de amor frustradas: Tomaba una servilleta, la acomodaba junto a la taza y encendía un cigarro, mismo que, rara vez terminaba, pero lo necesario era hacerse notar en frente de quien fuera.

Por otro lado, David se unía meses después con el mismo gusto que, ahora, me da verlo, al igual que las ocasiones que hemos compartido lecturas de lo que llamamos “nuestra poesía”: Después del saludo, se quitaba su chamarra verde olivo, la ponía en el respaldo, acomoda sus lentes circulados y, como todos, mandaba a traer un “americano”.

A decir verdad, siempre era el “americano” lo que tomamos, aunque sus variantes se daban con mínimos frutos –crema, té–, nunca nos faltó terminarlos con tres cajetillas de cigarros en la mesa. Recuerdo que por esos días, recordábamos una frase de Octavio Paz que era justa para lo que hacíamos: “Salíamos [Paz y la nómina casi entera de los Contemporáneos] del ‘Café París’ con las piernas y brazos temblando por todo el café que tomamos o por el cigarro que fumamos”. Prácticamente era lo mismo, cada quien tomaba su rumbo y al día siguiente se convertía en el ritual que más extraño. Sí, lo extraño, pues en esas charlas fue que planeamos conferencias, lecturas, presentaciones de libros y números de revistas que ahora son anécdotas.

Asimismo, con café y cigarros fue que conocí a Abbie Simmons (Hoover), querida amiga que, de no ser por su hermana, jamás hubiera aparecido en el mapa. Con ella han sido “cafés  banqueteros” y en todas sus vertientes, los que hemos compartido cada vez que el tiempo lo permitió. Incluso, mi querido Máster, Jean Gerard, nacido en Oviedo, avecindado en Zacatecas y poblano porque era su destino, el lugar de siempre fue el “Wimpy’s” con un “americano con crema” al cual la estima sobrepasa. Hace poco, relativamente poco, encontré el café que deseaba hallar. Fuera de los argumentos que justifiquen mis ganas de sentarme en él, basta con decir que lo único que resta del “Café París” de la ciudad de México, es el nombre. Nada queda de su espacio céntrico, ni los muebles. En ese lugar fue donde por más de treinta años la literatura mexicana se planeó; desde los encuentros de Enrique González Martínez con su séquito, hasta cada miembro que fue considerado como “contemporáneo”.

En efecto, no hubo pláticas, ni café, sólo el ambiente de “Vip’s”, a las afueras del metro “Hidalgo”, sin poder fumar en él y con ansias de ver en sus cristales uno que otro sombrero y caminar por las calles de Gante.

 

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comentarios
  1. El ambiente del cafe, aun cuando aqui no hay muchos siempre debe invitar a una situacion intima, de estar en sosiego y permitir la conversa casual, quiza hasta profunda, quiza por eso comprendo por que la persona que conozco que ama los cafes..pues detesta el starbucks…es frio…y muy desagradable conversar ahi….

  2. Puedes....? dice:

    Si adivinas quién soy… prometo…

    ahhm….

    HACER COMENTARIOS MÁS INTELIGENTES EN TU BLOG. (Del cual, por cierto… soy ferviente seguidora…)

    Puedes…?

  3. David dice:

    Me tocó ser testigo de cómo se rompía (en efecto) tu muy acostumbrada manera de cruzar la pierna izquierda. Francisco sabía hacerlo. Él y sólo él sabía romper con tu postura poco civil y casi ceremoniosa, cuando solamete pedía un vaso con agua y exprimía los limones que alguien, alguna persona con menos destreza y seguro que con más presupuesto que él, decidía no revolver aquél jugo cítrico con su consomé caliente…Francisco se hacía una aguas fabulosas con un poco de agua, una azucarera olvidada por nosotros y limones que jamás le costaron decir: gracias.

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