Archivos para agosto, 2012

Bien se podría decir que bastan ciertas notas para enamorarse de cualquier sátira que levante los pies, cante de forma aguerrida y luzca traje a la “old school”. De otra forma, no se puede entender que Hugh Laurie, actor, escritor, director, tres cuartas partes de guionista, fan de The Who e inglés, porque si no rompería el esquema de toda obra improvisada, deje casi todo por lo que es conocido y se haya aventurado a cantar blues de buenas maderas.

Laurie, me recuerda a Otis Redding, no por los estilos, sino porque basta escucharlos para que cualquier humor cambie; de inmediato algo en ellos se consuma en el ambiente y dejan un sabor de boca, así, rápido y al grano. Es un sabor íntegro que exige un “shot”, un “Hidalgo” a la buena del Santo Batallón de San Patricio con las manos hastiadas de ron. No es para menos, el blues sureño y el soul tienen mucho de “cachondeo”, por tradición.

Sin embargo, Hugh Laurie, ha entendido lo que es convertirse en personaje de su propia banda sonora y explotó el epílogo de ciertos finales en gran parte de los capítulos de “House MD”, ya fuera con algún piano, guitarra o a dueto, pues siempre mantuvo el porte con el que ahora se presenta en público. Ahí está su rostro, la espalda arqueada y los dedos firmes.

Por eso, “Let them talk” fue un álbum casi de morbo, porque a punto de terminar “House MD”, no se esperaba que Hugh Laurie Blues ofreciera algo fuera de lo ordinario y menos una sorpresa en todo lo que involucra a este primer disco; sobre todo, algo que de por sí es extraño ver en una banda como ésta: Cierto dote de originalidad.

Un material así es fresco, incluso, a más de un año de haberse lanzado a la venta no deja de asombrar la estructura con la cual se organizan los “tracks”, pues no se encuentra en todo el disco algún lapso de protagonismo que no se justifique, ya que los arreglos se hicieron pensando en que la voz agrupa a todo el conjunto y, éste, a su vez, funciona aparte.

Gracias a ello es que puede entenderse que “Let them talk” sea un homenaje a New Orleans y a James Booker –“piano man”, de quien toma el nombre dicho álbum y la homónima que se incluye en éste-, porque es ahí donde el blues se convierte en fe, sin que ello signifique hacer a un lado la virtud más ajena.

Ahora bien, una de las cosas que es visible en este disco debut es la apuesta de Laurie por un proyecto que enfrentó, en primera instancia, hacer a un lado la figura del actor para darle importancia al material que presenta, es decir, cómo él propio lo mencionó durante la promoción, fue necesario desde el primer “track”, “St. James Infirmary”, dejar en claro de una vez por todas que se acostumbrara el público a verlo tocar el piano, porque desde ese momento no habría de otra.

Por supuesto que es imposible no tomar como referencia su trabajo como actor, pero, inmediatamente, esa imagen se hace a un lado gracias a la producción de “Let them talk”, por eso ya no sorprende que en Argentina y Chile haya tenido un éxito comparado con la gira por Estados Unidos, especialmente, si hablamos de públicos que no se tragan a la primera cualquier nota que se le ponga en frente y más si de este género se trata.

Ahora bien, si hay una canción que muestra la calidad de músico sobre la cual hablamos, es “Tipitina”, misma que el propio Laurie cataloga como su favorita, en especial, porque lo detona a la mitad del álbum como un pianista consumado con los cambios en el ritmo. Pegando la oreja, se avecina una balada, un jazz a medio estrujar, un blues manoseado, algo de rhythm and blues, todo mezclado en poco más de cinco minutos.

Es necesario decir que gran parte del éxito de “Let them talk” radica en la mano de Joe Henry, productor, quien figura en la narración de este disco. Henry, ha sido letrista, especialmente, productor de Elvis Costello, Allen Toussaint y Jakob Dylan, sólo para que conste que esta joyita puede darle batalla a quien usted guste. ¿Ejemplo? Claro. Un dueto con Tom Jones e Irma Thomas, en “Baby, please make a change”.

Sobre el estilo de Laurie, Jones lo dice con asombro: “Pensé que era Jerry Lee Lewis; me encanta Jerry Lee Lewis. No sabía que Hugh pudiera tocar de esta forma”. Así es que el estilo de “Let them talk” es fresco y bastante cercano a embriagante cuando, en tercer plano, hasta un violín hace recordar que la música sureña, esta música sureña, le pertenece a quien tenga un poco de sangre liviana.

Después de un año de haber sido publicado, “Let them talk”, tiene una esencia propia y, quizá, dos son los aspectos que fuera de toda este mito pueden sobresalir: El enorme respeto por la música que incluye y el sentimiento. Si un inglés puede lograrlo al primer intento, lo menos que se puede exigir a Hugh Laurie Blues es que se consolide como una verdadera “old big band” y, eso, creo, no tardará en pasar.

She’s got loving like quicksand

Publicado: agosto 4, 2012 en Cine y música

No los escuché con gritos ni jadeando el nombre de Frank Zappa en alguna de sus letras, ni mucho menos con ciertas notas que podrían ser un “jingle” para quien se lo propusiera. No, definitivamente, lo primero que escuché de Deep Purple fue algo que despertaba esa virtud de Jon Lord cuando se montaba al teclado: “Hush”.

Deep Purple, entonces, no representó más interés que esa canción, aunque el coro no se atrevió a dejar dudas sobre lo pegajoso que un “na, na, na, na” puede ser mientras se repita cualquier cantidad de veces. Por supuesto, aún lo es y, probablemente, “Hush” sea uno de esos mantras al estilo de la propia “Hey Jude” que levanta el ánimo no a cualquier hijo de vecina.

A finales de los sesenta, antes de que el grupo adoptara la moda de la siguiente década, se podía ver a Lord usando mostacho, el cabello esponjado y las gafas oscuras que contrastaban con los colores –un tanto eléctricos- de los trajes “discretos” que habrían de convertirse en canon, justo unos meses después del “verano del amor” americano.

“Hush”, era una de las canciones que a menudo se dejaban programar en “Oro Sólido”, cuando Radio Oro –antes de cambiar hasta la imagen institucional- era la estación de rock clásico que impactaba, porque lo mismo proyectaban ABBA que los ZZ Top o versiones italianas de pop que amarraban a cualquier hora del día. Sin embargo, en los noventa, así fue como se me dio descubrir a Deep Purple.

Insisto, no era que me apasionara pero, siempre, la primera canción tiene un detalle especial que se amalgama con otro y tal fue el caso de “A whiter shade of pale”, de Procol Harum. Ambos grupos, siendo ingleses, habían absorbido las influencias psicodélicas británicas de lo que bien pudiéramos conocer como “la tercera ola inglesa”.

Las dos primeras habían llegado justo a tiempo para hacer la competencia directa a los grupos estadounidenses que se apropiaban del público juvenil de todo Occidente. En la primera ola inglesa, figuraban The Beatles, The Rolling Stones, Herman’s Hermits, Peter & Gordon, The Hollies, The Kinks, entre otros, ya iniciada la década de los sesenta.

A la postre, hacia 1966, con más que el camino abierto, Cream y Eric Burdon & The Animals dejaron la marcha para que Procol Harum, Deep Purple, Led Zeppelin, Yes, Black Sabbath –más los que se acumularon- continuaran a la “easy rider” para terminar la década.

En el caso de Deep Purple –con Jon Lord- y Procol Harum –con Matthew Fisher- el uso de los teclados no era un artificio, sino que se convirtieron en el soporte que mantenía la estructura de toda la instrumentación y, mejor aún, desde sus primeros álbumes respectivos, ya dejaban ver sus rúbricas personales: “Shades of Deep Purple” y “Procol Harum”.

Ambas grabaciones son un gran ejemplo del trabajo experimental que a finales de los sesenta comenzaron a afianzarse gracias a la psicodelia británica, sin embargo, haciendo a un lado la mezcla de sonidos, dejaban ver ciertas influencias. Por ejemplo, en “Shades of Deep Purple”, The Beatles, figuran con un cóver de “Help!”, esa misma canción que fue título de película, disco y hasta la semibiografía de Lennon cuando se dio cuenta que la panza le crecía y sus depresiones eran más comunes.

Luego, “Procol Harum”, de Procol Harum, tristemente recordado porque en la versión original del acetato no se incluía “A whiter shade of pale”, misma que sólo fue sencillo del álbum y que se hizo famosa en Gran Bretaña porque en “Top of the pops” –su equivalente a “Siempre en domingo”- el grupo la tocaba mientras las parejitas intentaban bailarla como un vals de despedida, en cierto modo, al estilo de The Moody Blues y su “Nights in white satin”.

Lo cierto es que las influencias que ambos grupos recibieron fueron determinantes para irles dando el toque definitivo para el concepto musical por el que son recordados. Procol Harum, se afianzó como una banda de rock progresivo, con letras profundas e instrumentaciones bastante cuidadas, que lo mismo ofrecían sonidos de marimba y flautas, que otras fuertes y secas sin llegar plenamente a lo estridente.

Deep Purple, sin embargo, se aseguró un lugar como una verdadera “hard rock band” con distorsiones saturadas e historias que en nada envidian a las de Keith Moon, baterista de los eternos The Who, y quien lo mismo atropellaba que metía su auto en piscinas de hoteles, claro que preferían las anécdotas menos sencillas, como el incendio del Casino Montreux durante uno de los conciertos de Frank Zappa (“Smoke on the water”).

En cualquier caso, “Shades of Deep Purple”, es un álbum de culto que nada le pide a cualquier “opera prima” de alguna banda estadounidense, pues el sonido “strong” bien le da batalla al que se le ponga en frente.

Aunque nada cercano a una semblanza serviría si no vale la pena recordar a Jon Lord, quien el pasado 16 de julio de este año murió, cerrando una parte necesaria de esta cronología musical y de la contracultura durante más de cuarenta años.

Jon Lord, perteneció a una generación que basó toda su ideología en dos formas de vida: No confíes en nadie mayor de treinta años y vive lo suficiente como para arrepentirte… sino, jamás habría valido la pena.