Archivos de la categoría ‘Cine y música’

Bien se podría decir que bastan ciertas notas para enamorarse de cualquier sátira que levante los pies, cante de forma aguerrida y luzca traje a la “old school”. De otra forma, no se puede entender que Hugh Laurie, actor, escritor, director, tres cuartas partes de guionista, fan de The Who e inglés, porque si no rompería el esquema de toda obra improvisada, deje casi todo por lo que es conocido y se haya aventurado a cantar blues de buenas maderas.

Laurie, me recuerda a Otis Redding, no por los estilos, sino porque basta escucharlos para que cualquier humor cambie; de inmediato algo en ellos se consuma en el ambiente y dejan un sabor de boca, así, rápido y al grano. Es un sabor íntegro que exige un “shot”, un “Hidalgo” a la buena del Santo Batallón de San Patricio con las manos hastiadas de ron. No es para menos, el blues sureño y el soul tienen mucho de “cachondeo”, por tradición.

Sin embargo, Hugh Laurie, ha entendido lo que es convertirse en personaje de su propia banda sonora y explotó el epílogo de ciertos finales en gran parte de los capítulos de “House MD”, ya fuera con algún piano, guitarra o a dueto, pues siempre mantuvo el porte con el que ahora se presenta en público. Ahí está su rostro, la espalda arqueada y los dedos firmes.

Por eso, “Let them talk” fue un álbum casi de morbo, porque a punto de terminar “House MD”, no se esperaba que Hugh Laurie Blues ofreciera algo fuera de lo ordinario y menos una sorpresa en todo lo que involucra a este primer disco; sobre todo, algo que de por sí es extraño ver en una banda como ésta: Cierto dote de originalidad.

Un material así es fresco, incluso, a más de un año de haberse lanzado a la venta no deja de asombrar la estructura con la cual se organizan los “tracks”, pues no se encuentra en todo el disco algún lapso de protagonismo que no se justifique, ya que los arreglos se hicieron pensando en que la voz agrupa a todo el conjunto y, éste, a su vez, funciona aparte.

Gracias a ello es que puede entenderse que “Let them talk” sea un homenaje a New Orleans y a James Booker –“piano man”, de quien toma el nombre dicho álbum y la homónima que se incluye en éste-, porque es ahí donde el blues se convierte en fe, sin que ello signifique hacer a un lado la virtud más ajena.

Ahora bien, una de las cosas que es visible en este disco debut es la apuesta de Laurie por un proyecto que enfrentó, en primera instancia, hacer a un lado la figura del actor para darle importancia al material que presenta, es decir, cómo él propio lo mencionó durante la promoción, fue necesario desde el primer “track”, “St. James Infirmary”, dejar en claro de una vez por todas que se acostumbrara el público a verlo tocar el piano, porque desde ese momento no habría de otra.

Por supuesto que es imposible no tomar como referencia su trabajo como actor, pero, inmediatamente, esa imagen se hace a un lado gracias a la producción de “Let them talk”, por eso ya no sorprende que en Argentina y Chile haya tenido un éxito comparado con la gira por Estados Unidos, especialmente, si hablamos de públicos que no se tragan a la primera cualquier nota que se le ponga en frente y más si de este género se trata.

Ahora bien, si hay una canción que muestra la calidad de músico sobre la cual hablamos, es “Tipitina”, misma que el propio Laurie cataloga como su favorita, en especial, porque lo detona a la mitad del álbum como un pianista consumado con los cambios en el ritmo. Pegando la oreja, se avecina una balada, un jazz a medio estrujar, un blues manoseado, algo de rhythm and blues, todo mezclado en poco más de cinco minutos.

Es necesario decir que gran parte del éxito de “Let them talk” radica en la mano de Joe Henry, productor, quien figura en la narración de este disco. Henry, ha sido letrista, especialmente, productor de Elvis Costello, Allen Toussaint y Jakob Dylan, sólo para que conste que esta joyita puede darle batalla a quien usted guste. ¿Ejemplo? Claro. Un dueto con Tom Jones e Irma Thomas, en “Baby, please make a change”.

Sobre el estilo de Laurie, Jones lo dice con asombro: “Pensé que era Jerry Lee Lewis; me encanta Jerry Lee Lewis. No sabía que Hugh pudiera tocar de esta forma”. Así es que el estilo de “Let them talk” es fresco y bastante cercano a embriagante cuando, en tercer plano, hasta un violín hace recordar que la música sureña, esta música sureña, le pertenece a quien tenga un poco de sangre liviana.

Después de un año de haber sido publicado, “Let them talk”, tiene una esencia propia y, quizá, dos son los aspectos que fuera de toda este mito pueden sobresalir: El enorme respeto por la música que incluye y el sentimiento. Si un inglés puede lograrlo al primer intento, lo menos que se puede exigir a Hugh Laurie Blues es que se consolide como una verdadera “old big band” y, eso, creo, no tardará en pasar.

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She’s got loving like quicksand

Publicado: agosto 4, 2012 en Cine y música

No los escuché con gritos ni jadeando el nombre de Frank Zappa en alguna de sus letras, ni mucho menos con ciertas notas que podrían ser un “jingle” para quien se lo propusiera. No, definitivamente, lo primero que escuché de Deep Purple fue algo que despertaba esa virtud de Jon Lord cuando se montaba al teclado: “Hush”.

Deep Purple, entonces, no representó más interés que esa canción, aunque el coro no se atrevió a dejar dudas sobre lo pegajoso que un “na, na, na, na” puede ser mientras se repita cualquier cantidad de veces. Por supuesto, aún lo es y, probablemente, “Hush” sea uno de esos mantras al estilo de la propia “Hey Jude” que levanta el ánimo no a cualquier hijo de vecina.

A finales de los sesenta, antes de que el grupo adoptara la moda de la siguiente década, se podía ver a Lord usando mostacho, el cabello esponjado y las gafas oscuras que contrastaban con los colores –un tanto eléctricos- de los trajes “discretos” que habrían de convertirse en canon, justo unos meses después del “verano del amor” americano.

“Hush”, era una de las canciones que a menudo se dejaban programar en “Oro Sólido”, cuando Radio Oro –antes de cambiar hasta la imagen institucional- era la estación de rock clásico que impactaba, porque lo mismo proyectaban ABBA que los ZZ Top o versiones italianas de pop que amarraban a cualquier hora del día. Sin embargo, en los noventa, así fue como se me dio descubrir a Deep Purple.

Insisto, no era que me apasionara pero, siempre, la primera canción tiene un detalle especial que se amalgama con otro y tal fue el caso de “A whiter shade of pale”, de Procol Harum. Ambos grupos, siendo ingleses, habían absorbido las influencias psicodélicas británicas de lo que bien pudiéramos conocer como “la tercera ola inglesa”.

Las dos primeras habían llegado justo a tiempo para hacer la competencia directa a los grupos estadounidenses que se apropiaban del público juvenil de todo Occidente. En la primera ola inglesa, figuraban The Beatles, The Rolling Stones, Herman’s Hermits, Peter & Gordon, The Hollies, The Kinks, entre otros, ya iniciada la década de los sesenta.

A la postre, hacia 1966, con más que el camino abierto, Cream y Eric Burdon & The Animals dejaron la marcha para que Procol Harum, Deep Purple, Led Zeppelin, Yes, Black Sabbath –más los que se acumularon- continuaran a la “easy rider” para terminar la década.

En el caso de Deep Purple –con Jon Lord- y Procol Harum –con Matthew Fisher- el uso de los teclados no era un artificio, sino que se convirtieron en el soporte que mantenía la estructura de toda la instrumentación y, mejor aún, desde sus primeros álbumes respectivos, ya dejaban ver sus rúbricas personales: “Shades of Deep Purple” y “Procol Harum”.

Ambas grabaciones son un gran ejemplo del trabajo experimental que a finales de los sesenta comenzaron a afianzarse gracias a la psicodelia británica, sin embargo, haciendo a un lado la mezcla de sonidos, dejaban ver ciertas influencias. Por ejemplo, en “Shades of Deep Purple”, The Beatles, figuran con un cóver de “Help!”, esa misma canción que fue título de película, disco y hasta la semibiografía de Lennon cuando se dio cuenta que la panza le crecía y sus depresiones eran más comunes.

Luego, “Procol Harum”, de Procol Harum, tristemente recordado porque en la versión original del acetato no se incluía “A whiter shade of pale”, misma que sólo fue sencillo del álbum y que se hizo famosa en Gran Bretaña porque en “Top of the pops” –su equivalente a “Siempre en domingo”- el grupo la tocaba mientras las parejitas intentaban bailarla como un vals de despedida, en cierto modo, al estilo de The Moody Blues y su “Nights in white satin”.

Lo cierto es que las influencias que ambos grupos recibieron fueron determinantes para irles dando el toque definitivo para el concepto musical por el que son recordados. Procol Harum, se afianzó como una banda de rock progresivo, con letras profundas e instrumentaciones bastante cuidadas, que lo mismo ofrecían sonidos de marimba y flautas, que otras fuertes y secas sin llegar plenamente a lo estridente.

Deep Purple, sin embargo, se aseguró un lugar como una verdadera “hard rock band” con distorsiones saturadas e historias que en nada envidian a las de Keith Moon, baterista de los eternos The Who, y quien lo mismo atropellaba que metía su auto en piscinas de hoteles, claro que preferían las anécdotas menos sencillas, como el incendio del Casino Montreux durante uno de los conciertos de Frank Zappa (“Smoke on the water”).

En cualquier caso, “Shades of Deep Purple”, es un álbum de culto que nada le pide a cualquier “opera prima” de alguna banda estadounidense, pues el sonido “strong” bien le da batalla al que se le ponga en frente.

Aunque nada cercano a una semblanza serviría si no vale la pena recordar a Jon Lord, quien el pasado 16 de julio de este año murió, cerrando una parte necesaria de esta cronología musical y de la contracultura durante más de cuarenta años.

Jon Lord, perteneció a una generación que basó toda su ideología en dos formas de vida: No confíes en nadie mayor de treinta años y vive lo suficiente como para arrepentirte… sino, jamás habría valido la pena.

The times they are a-changin

Publicado: mayo 26, 2011 en Cine y música

Conocí bastante tarde la música de Bob Dylan. Al principio no era tanto de mi agrado como otros, de los cuales, pasaba sesiones enteras pegado a la radio repasando sus discografías. A decir verdad, lo único que escuchaba eran algunos hits que se agrupaban en selecciones mal habidas y que, a la postre, las dejé botadas en el más oscuro cajón de la memoria. No era para menos, el folk me daba pereza. Sin embargo, no tardé mucho en cambiar de ideas.

Prácticamente, me tocó de la nada, un sábado cualquiera, toparme con una letra que, al final de cada estrofa decía: Don’t think twice, it’s alright. Esa frase bastó para interesarme en la voz, un tanto áspera y con un acento que no distinguía lo suficiente para el inglés nefasto que, afortunadamente, saturado de Jack Daniel’s he lidiado con mucha más calma.

Así fue que Dylan se volvió indispensable en todo lo que habría de meterme por orejas. Creo que lo mejor de este tipo se encuentra antes enchufar sus guitarras y cambiar el sonido que tanta credibilidad le dio en sus inicios, ese toque folk que lo hizo identificarse con las zonas pobres de Estados Unidos y los propios ghettos sureños que buscarían el reconocimiento de sus derechos civiles.

Varios, pero varios meses después, solíamos acompañar a Jean Gerard –nacido en Oviedo, zacatecano de estirpe dorada y poblano de abrazos fraternales– a su casa a recoger Corre conejo –maravillosa revista que gracias a él colecciono–, y entre esas ocasiones fue que, guardado con sumo cuidado; lo vi, tomé a The freewheelin’. Era el disco que siempre quise escuchar y del que sólo conocía la portada: Dylan caminando con las manos en las bolsas de unos jeans azul, zapatos bajos y una fulana sujetándolo del brazo izquierdo. Ahí estaba. Jean lo sacó de su mueble y me mostró la portada. No recuerdo si hablamos del disco o si apenas fueros segundos que lo tuve en las manos, pero después, sí, después, nada volvió a ser lo mismo. The freewheelin’ es, sin más, mi disco favorito.

Poca gente he conocido que en verdad sea fan de Dylan. Los hay quienes imitan las gafas, el porte, el uso del cabello ondulado; pero, siendo honestos, fans, hay pocos. La única excepción que recuerdo, es Tayde. Ahora, toda una antropóloga, compartíamos charlas sobre Zimmerman: a veces, íbamos al “San Remo” –antes que remodelaran “Vip’s”–, otras más al “Aguirre” o al Wimpy’s, pero siempre el tema obligado era él… Dylan. De hecho, Tayde me regaló un LP: Highway 61 revisited, mismo que abría la cara “A” con Like a rolling stone, siendo el disco que marcaba la “ruptura” en el uso de guitarras acústicas y el implemento de metales en el acompañamiento.

Aunque el Dylan que más me gustó es el de Traveling Wilburys: un puñado de fulanos no hacían otra cosa que tocar en la mesa de una cocina y grabando con las piernas al aire. En sí, ello era lo que disfrutaban y nunca se dio el caso que uno resaltara sobre otro. Incluso, la muerte de Roy Orbison fue tomada como el motivo para seguir cantando y haciendo lo suyo. Si bien,Lucky ‘Boo’ Wilbury” no era mi favorito, sobre él estaba el peso de las armonías, el acompañamiento y, en varias ocasiones, daba soporte cuando lo requería.

De las versiones que se han grabado sobre el material de Dylan, hay una que es de lo mejor, tanto por el lugar donde se dio a conocer, la atmósfera y el arreglo: Like a rolling stone, con Jimi Hendrix en Monterey, 1967; misma que sirve para festejar más que una carrera, la actitud y carisma que durante casi cincuenta años a Dylan lo hace figurar como el ícono de la contracultura de todo este tiempo, y al final de cuentas, eso ya es mucho que decir.

In the sunshine of your love

Publicado: mayo 11, 2011 en Cine y música

Me gustan los covers, tanto, que bien se puede decir que los colecciono por interés más que gusto. Hay algo en ellos que encuentro apasionante, y es la posibilidad de ajustarlo al toque personal sin que se altere la esencia del track como se conoce hasta el momento. Si bien se puede enumerar cualquier cantidad de versiones sobre una canción, quizá son dos covers los más famosos desde finales de los sesenta a la fecha: With a little help from my friends, de Joe Cocker y Stand by me, de Cassius Clay.

Ambos tienen la peculiaridad de haberse convertido en íconos por la simple circunstancia del momento social que se vivía en Estados Unidos, es decir, la lucha por el reconocimiento de los derechos civiles de la población afro, y los últimos resquicios del peace & love, en Woodstock.

Siguiendo esta lógica, y fiel a su estilo, a finales de 2010 Santana  publicó lo más cercano a un “disco homenaje” a las canciones que son hitos para la cultura de su tiempo, vaya, de las canciones, pues no necesariamente corresponden al mexicano.

No es raro entender que desde Santana y Abraxas, sus primeras grabaciones de estudio, el ritmo latino sea su condicionante ya que, como es de esperarse, la lead guitar siempre es la que manda y el jalisciense para eso nadie le gana.

En fin, Guitar heaven tiene al menos tres características que lo hacen no tan difícil de escuchar: la selección de temas, los vocalistas y, por supuesto, los arreglos a los originales. Así, el repaso es obligado por Creedence clearwater revivial, con Fortunate son, misma que a partir de la guerra de Vietnam se convirtió en una suerte de “himno” durante las campañas de reconocimiento que podrían durar semanas enteras. A ello se une el tono de voz, estridente y elevado, de Scott Stapp que soporta el ritmo adapatado de Santana.

De Cream incluye Sunshine of your love, que apareció en el segundo álbum de estudio del trío inglés, Disraeli gears. Sobre ésta, las vocales, a cargo de Rob Thomas, con quien trabajó en el primer single de Supernatural, en 1999; logran apuntalar de manera discreta los riffs principales con las guitarras secundarias y los coros, logrando que ningún elemento esté por encima de los otros. Aún sin ser la única del género, hay que destacar que esta versión puede estar a la altura de la de Hendrix, realizada en 1968, al igual que la de 2005, editada para el álbum Under cover de Ozzy Osbourne.

Smoke on the water se convierte en un buen pretexto para que se aprovechen los “tiempos muertos” entre la voz de Jacoby Shaddix y las percusiones que, tal pareciera, se dedicaran a perseguir los acordes del mismo Santana. Por otro lado, durante el solo no se ofrece mayor sorpresa que las cuerdas aprovechando la renta del estudio, pero con todo ello vale siempre y cuando se tome en cuenta el referente que dio origen a la letra de Deep purple, una vez que superaron el gusto por The beatles, mismo que los llevó a grabar Help! En su disco debut, Shades of deep purple, en 1968.

While my guitar gently weeps logra una curva debido a la transición de la guitarra acústica a la eléctrica, así como la voz de Chris Cornell. Sin embargo, ésta recuerda un poco a la homónima que se incluyó en la banda sonora de Across the universo, en 2007, y que Martin Luther McCoy alcanzara, sin ser cantante profesional, darle gran énfasis a la letra incluso, superior por momentos, a la lista que ofrecía I’m Sam, en 2001.

Abriendo la secuencia, Chris Cornell saca las tripas por la boca haciendo casi lo necesario para llegar a los tonos bajos que solía tener Robert Plant, y demuestra que, sin malear su voz, como el inglés, puede ofrecer una versión más que aceptable de Whole lotta love. Por desgracia, lo opaca la inclusión de varios solos alternos que anexa Sanatana durante varias partes de la canción aunque, no por ello, deja de ser el mejor track de todo el disco.

Creo que, después de todo, mi percepción sobre Santana no cambia mucho después de “soplarme” su Guitar heaven; vamos, no se trata de lo mejor que haya publicado, ni mucho menos se acerca al ataque de caderas que solía provocar a las “gringas” urgidas del latin power cuando iniciaba con esa melenota y los trajes con su pecho encuerado.

Aunque si lo vemos con calma, la ausencia de material de estudio se acrecentaba desde 1999, y a estas alturas era necesario un buen pretexto para mantenerlo vigente, pues una vez más se demuestra que el egoísmo de una guitarra líder no basta para ser esa leyenda que tanto ha buscado.

Llegué a los catorce con un desfase de estatura que me hacía superar por ocho centímetros a cualquier tipo de la escuela. Llegué con la mayor delgadez que jamás repetiré y con cuarenta y nueve kilos sobre mi existencia. También, con toda clase de hemorragias nasales y con una fractura de cráneo que ahora me evita modelar la de por sí miserable figura de mi cabeza —más de uno se espanta de tocar el “hoyo de la memoria” que se encuentra ligeramente a un costado de mi mollera—.

En fin, llegué a los catorce apenas redescubriendo al que ahora, es mi grupo favorito. No es una verdad a medias que puedo estar días enteros escuchando a The Beatles —a los “bitles”, como aún se conocen en México, la tierra de las oportunidades: la tierra de los Mercedes Benz blancos y el mal gusto— sin que me aburran sus coritos, los falsetes o sus películas que no dejan de asombrarme.

Con ello no admito, en ninguna de sus fases, obsesión alguna o complejos que me provoquen fijación sobre objetos o personas, pero la verdad es que eran groovies, quizá por ello, José Agustín tuvo razón al decir que, la prueba de la existencia de Dios es que existieron los Beatles.

En todo caso, debo aceptar que llegué —nuevamente— a los catorce, dejándome llevar por Magical mystery tour, la tercera película del grupo: influenciado por una movie de la que, a decir verdad, no entendí un carajo. No es para menos, escasamente imaginaba qué era la psicodelia y sólo había escuchado un cassette entero del grupo —Help!— en una walkman amarillo que un tío me regaló bajo la premisa que lo cuidara, hecho que nunca se cumplió, mejor dicho, que nunca cumplí.

Como sea, en el verano de 1998, Televisión Azteca transmitió durante casi una semana algunos documentales, programas especiales, videos y varios detallitos referentes al grupo, entre ellos, se vio por primera vez en señal abierta Magical mystery tour y, como era de esperarse, ahí estaba, sentado en el sillón del perro a la espera del inicio, casi con el morbo de un adolescente que prueba emociones nuevas. En perspectiva, creo que esta película es, en efecto, una emoción nueva en cada vistazo que se le echa, no por nada se ha convertido en un clásico surrealista y elocuente narración del ya lejano 1967.

Creo, para ser honesto, que no era la película lo que tanto me importaba, sino verlos hablando, dar una vuelta o algo que no fuera imaginar cómo chingaos eran. Ahora, con ello, creo que sí soy un tanto obsesivo —aunque la última palabra la tiene el Master, guía espiritual y entrañable amigo con quien comparto este gusto lírico, especialmente—.

La trama fue lo de menos, ya que bien puede considerarse como una película temática que sale de todo lo anteriormente el grupo experimentó. Si con A hard days night y Hepl! —ambas dirigidas por Richard Lester— se mostraban las andanzas juveniles, ahora, el tono de las escenas fue más aventurado, un tanto psicodélico. Es más, se podían ver momentos que a los ojos de aristotelistas cabrían como una aberraciones sinsentido, aunque para mí era la perfección.

 A partir de ese momento busqué cambiar hábitos y me enamoré de los chalecos, sombreros, azafatas, las tiendas de campaña y, por supuesto, los camiones de viaje —desgraciadamente, los únicos camiones que recordaba eran el “Santa María las palmas” y el famoso “chato” que me dejaba en la esquina de la primaria—.

Quería contar lo visto, ver a mis amigos y decirlo con detalle tras detalle, lo malo, e inevitable, al menos en una escuela secundaria pública, es que no siempre se comparte el gusto entre amigos, y me resigné a cambiar a The fool on the hill por “Cómo te voy a olvidar”, hecho que sigue traumándome y que no expreso por humildad y amor propio.

 Ahora bien, de las canciones que aparecen, una de ellas habría de convertirse en “pista” sobre la muerte de Paul McCartney: Your mother should know. Durante la última escena, los cuatro Beatles bajan paso a paso por una escalera un tanto curva de color blanco que combina con los trajes del mismo tono, aunque con una diferencia: McCartney lleva en la solapa un crisantemo negro, mientras los demás, uno rojo; hecho que a su tiempo habremos de relatar.

 Para ser honesto, creo que si el verdadero McCartney murió y todos hemos sido engañados por la mercadotecnia insipiente de los sesenta, el teatrito fue bien montado, ya que, al menos hasta el 28 de mayo pasado, sigo creyendo que Paul es Paul y que hasta las placas de los “vochos” se equivocan sin piedad.

 Como sea, llegué a los catorce con la melomanía picando en la espinilla derecha y detestando el olor a cigarro, ocho mordidas de perro en el cuerpo, veinte pesos en la bolsa e iniciando mi fijación por The Beatles. Creo que no se me puede culpar por ello o, al menos, aún no. Es cierto que siempre relaciono las cosas con sus canciones y los he vuelto una cita necesaria en todas mis pláticas pero, ¿no es lo mismo que predicar la palabra del señor… compadre?

The graduate no sería la gran película que reconocemos sin uno de tres elementos en ella presente: el argumento, el actor principal y la banda sonora. Si bien hoy es considerada un film de culto y no espanta a nadie que una mujer cuarentona se quiera “tirar” a un chamaco recién iniciado en la tertulia de los veinte, en su momento ruborizó a moralistas empeñados en hacer de las buenas costumbres el pan suyo de cada día, mientras reflejó la libertad sexual a la cual se accedía durante el verano del amor.

El argumento fue adaptado del libro homónimo, escrito por Charles Webb, y tuvo como actor estelar a Dustin Huffman, chamaco de treinta años que apenas realizaba su segunda aparición en películas sólo después de haber filmado ese mismo 1967, The tiger makes out. Si la cara y complexión de posuniversitario encajaron con la personalidad de Hoffman la mano del director —Mike Nichols— se deja ver durante los momentos de conflicto del personaje, así como la frustración ante la boda de Elaine Robinson (Katharine Ross), momentos previos a la escena final.

Ahora bien, si Kathy Ross se lleva buenos créditos por su papel un tanto sutil e inocente, Anne Bancroft (Mrs. Robinson) inaugura el mito de la mujer moderna que a la postre habrá de conseguir todo lo que el ego y poder sugieren con la seducción provocada por una espalda desnuda. Al final de cuentas, The graduate propone la fórmula amorosa por excelencia, en la que se involucran dos mujeres y un hombre, hecho que se nota en el éxito de una gran novela mexicana: Dos mujeres, un camino, claro que Laura León y Bibi Gaytán no se comparan con Ross y Bancroft, no sólo por el parentesco de sus personajes, sino por el atractivo que puede representar Hoffman dejándose imitar por Erik Estrada.

Haciendo a un lado los sarcasmos, ¿qué es de The graduate sin la banda sonora? Autor en su mayoría de las canciones aparecidas en la película, Paul Simon, en compañía de Art Garfunkel, ofrecen un delicado pero fuerte repertorio que fortalece en cada momento las escenas de Nichols; al punto, de favorecer el ambiente un tanto nostálgico que será necesario hacia el final. En el caso de Simon & Garfunkel, éstos se habían dado a conocer con su primer disco formal, llamado Wednesday morning 3 AM, tres años antes y del cual se desprendía el que se convirtió en pieza de la banda sonora: The sound of silence, con la peculiaridad de acompañarse sólo por una guitarra acústica.

Ya en 1966, con el título The sound of silence aparece una nueva versión de su casi homónima, con la diferencia de la inclusión de metales y el doblaje de voces. Ahora bien, de este material también se incluye en la banda sonora April come she will y una tercera versión de la primera a capella y al estilo de su primera aparición. Ese mismo año dentro de Parsley, sage, Rosemary and thyme, su tercer material, abre Scarborough fair/canticle que, siguiendo la lógica anterior habría de incluirse en The graduate.

El esquema de este remake se rompe con Mrs. Robinson, que puede considerarse como tema inédito que fue editado primero para la película de Nichols y en Bookends, durante el mismo año, 1968. Es decir, el tema fue especialmente compuesto para el film quedando como la cereza del pastel que valió el Oscar al mejor director.

En todo caso, a 43 años de su aparición The graduate, El graduado o, simplemente Señora Robinson, como afanosamente se conoce por el público en México, se convirtió en referente del mito que hoy, más de uno, sueña con ser objeto de tal maravillosa seducción, por el hecho mismo, no así por la moral dañina en la que nos encontramos, porque a veces las señales caen del cielo en torno a una pregunta: are you trying to seduce me, Mrs. Robinson?